En la forma que vivimos actualmente, nuestras fuerzas se malgastan y
desperdician sin cesar, por mil caminos que generalmente desconocemos.
Hay una economía
mucho más loable y más elevada que la que se refiere a la moneda. Cuando el
hombre conozca bien esta Economía logrará detener esa pérdida continua de sus
energías, el resultado de lo cual será un constante aumento de sus fuerzas
físicas y mentales, fuerzas que tienen muchísimo más valor que el dinero, pues
el primero y más importante de sus resultados será una prolongación de la
propia existencia, prolongación que ahora nadie se atreve a esperar.
Según esta
Economía divina de nuestras fuerzas, la cual hasta ahora ningún hombre ha
comprendido enteramente, cada uno de nuestros actos, sea puramente mental o
bien un acto reflejo sobre el cuerpo, será fuente de verdadero recreo y
aumentará nuestras energías. En esta disposición, todo trabajo material o
mental, todo ejercicio físico o espiritual, ha de producirnos hondo placer,
dejándonos, además un verdadero remanente de fuerza, y nos hará capaces para
hacer esfuerzos mentales o corporales mucho más intensos y más sostenidos de lo
que podamos ahora.
Una de las
causas más poderosas de nuestro actual malgaste y desaprovechamiento de fuerzas
está en el modo mental de la impaciencia o intemperancia de espíritu. El más
insignificante movimiento que hacen nuestros músculos significa un gasto de
fuerza o energía mental: el más ligero parpadeo, el más imperceptible
movimiento de un solo dedo, hace un gasto mayor o menor de fuerza divina, que
es también nuestra, pues somos cada uno de nosotros una parte del Infinito;
pero es ley del Infinito que esa fuerza habrá de ser finalmente empleada para
procurarnos la mayor y más duradera felicidad posible.
Si no obramos
como entiende e Infinito que hemos de obrar, caerá sobre nosotros toda clase de
dolores y desasosiegos. Toda mortificación, sea de la clase que se quiera, es
un aviso de la Mente infinita para advertirnos que nuestras fuerzas han sufrido
alguna desviación.
Suponga el
lector que tiene en su casa un autómata movido por una fuerza que cuesta muy
cara, y el cual está encargado de cumplir por él infinidad de actos de la vida
cotidiana. Antes de poner el autómata en movimiento, antes de gastar una
porción de la fuerza que se necesita para moverlo, ¿no cuidará de averiguar si
el acto que realizará el autómata vale tanto como la fuerza que habrá de
gastar? ¿Dejaremos que nuestro autómata doméstico se esté moviendo
continuamente, sin ninguna utilidad por el gasto de la energía que es menester
para moverlo, dejando hasta que su mecanismo se estropee? Pues esto, en
realidad, es lo que hacemos con nuestro cuerpo, cuando para levantar una hoja
de papel, o para abrir una ventana, o para calzarnos un guante, ponemos en estos
actos mayor cantidad de fuerza de la que es menester para su perfecta
realización.
Y cuando éste es
nuestro modo mental más común, ejecutando con impaciencia todos esos pequeños y
aun triviales actos de la vida cotidiana, se produce una constante
exteriorización o gasto de nuestras fuerzas, sin recibir en cambio compensación
alguna, por cuyo camino vienen indefectiblemente la debilidad, la enfermedad y
la muerte del cuerpo.
Cuenta, si
puedes, los distintos movimientos corporales, de piernas, brazos y músculos que
te ves obligado a ejecutar desde que que te levantas del lecho, por la mañana.
Piensa también en los variadisimos movimientos que has de hacer para ponerte
los vestidos, para lavarte y para requerir el más insignificante de los
utensilios que te son necesarios, y recuerda que en cada uno de esos
movimientos se produce un gasto mayor o menor de las fuerzas física y mental; y
hasta que, ademas de esto, cada una de las ideas que acuden a tu mente exige
también un gasto muy considerable de fuerzas.
El autómata del
que antes hablé representa nuestro cuerpo, ni más ni menos, y así la fuerza que
llamamos a nosotros a moverlo en cada uno de sus más insignificantes
movimientos nos viene de la Mente infinita como expresión de la Fuente
infinita. Esta fuerza no se compra con dinero, está muy por encima de toda
valoración mercantil; lo sagrado de su valor no disminuirá jamás, cualquiera
sea el acto que ejecutemos y cualquiera sea también su naturaleza, siendo su
valor siempre el mismo, tanto si la empleamos en recosernos el vestido
miserable y andrajoso que llevamos puesto para ir a pedir limosna, como si nos
sirve para hacer la pluma con que escribimos una inspiradísima poesía.
De conformidad
con esa sabia y divina Economía, el gasto de nuestra fuerza habrá de ser
calculado y regulado de manera que nos produzca mucho más, siempre mucho más,
de la misma manera que cuando ponemos un dólar en algún negocio esperamos
siempre que ése nos haga ganar algunos más. Eso lo lograremos ejecutando cada
uno de nuestros actos en el modo mental de la paciencia, del sosiego, el cual
pediremos sin cesar a la Mente infinita.
Malgastamos
mayor cantidad de fuerzas en las cosas que se llaman pequeñas que en las
tenidas por grandes, pues aquéllas, por lo regular, son las que ejecutamos en
el modo mental de la impaciencia…Nos habrán caído las tijeras al suelo, y si
para recogerlas nos agachamos con movimiento de impaciencia y de hondo
disgusto, en este solo acto, a pesar de su insignificancia, habremos gastado
fuerzas bastantes para levantar cincuenta libras de peso. Cuando nos irritamos
porque la pluma o un pedazo de papel se nos ha caído al suelo y nos inclinamos
a recogerlo en ese estado de espíritu, no hay duda que hemos malgastado mayor
cantidad de fuerza que la que era necesaria para el cumplimiento de acto tan
sencillo, y esa fuerza que hemos empleado de más, perdida la tenemos para
siempre. Cuando el hábito más constante de una persona es el de la impaciencia,
y en el mismo ejecuta los actos más insignificantes de la vida, podemos decir
que en la tal persona se está produciendo un derroche continuo de su fuerza,
cuyo resultado efectivo es el agotamiento, y el agotamiento acaba siempre en
alguna forma de enfermedad.
Cuando
comprendamos el verdadero valor de nuestra fuerza, veremos que todos los actos
de la vida diaria tienen la misma importancia y que a veces el atarnos el
cordón de los zapatos exige de nosotros un gasto de energía igual al que
necesitamos para pronunciar un discurso. Si ejecutamos con prisa o con
impaciencia un acto cualquiera de la vida, nos atraemos con ello la corriente
mental más adecuada para ejecutar todos los demás en el mismo estado de
espíritu, cualquiera sea la importancia que atribuyamos a cada uno de ellos; y
si nos hacemos, por ejemplo, el nudo de la corbata con precipitación febril,
gastando en acto de tan poca importancia mayor cantidad de fuerza de la que es
menester, nos ponemos en condiciones de ejecutar en un modo mental idéntico lo
que consideraremos tal vez el más interesante negocio de todo el día.
Esta pérdida
constante de fuerzas pone a la mente en las peores condiciones para poder
concentrar todas sus energías en el asunto o negocio que nos ocupa de momento,
negocio que podría muy bien ser la realización de un contrato que significase
para nosotros la ganancia o la pérdida de muchos miles de dólares, y por tanto
necesitamos encararlo con todas nuestras fuerzas. El modo mental de la
impaciencia y el derroche consiguiente de fuerzas tiende a dejar puntos flacos
o débiles en cuanto hacemos, y determina la falta de la necesaria presencia de
espíritu y aun de tacto y de habilidad. Es el modo mental más a propósito para
alejar de nosotros todo éxito; a convertirse él mismo en habitual nos desvía y
aún nos hace perder enteramente nuestro verdadero camino.
Cuando nos
impacientamos sin ninguna necesidad, no hacemos otra cosa que abrir nuestra
mentalidad a la corriente espiritual de la impaciencia, formada por millones de
otras mentalidades impacientes, cada una de las cuales viene a ser algo así
como una especie de batería eléctrica que influye sobre todas las demás que
constituyen la corriente total.
Al levantar un
brazo, al pasarnos la mano por el cabello, al escribir una sola palabra,
sacamos la fuerza necesaria para hacer cualquiera de estos actos de la Fuente
de las infinitas energías, porque la fuerza que necesitamos para el
cumplimiento de cualquiera de los actos más insignificantes no se genera dentro
del cuerpo. Hemos de ponernos, pues, en el estado mental conveniente para
desear que de la fuerza que nos atraemos para cumplir cada uno de nuestros
trabajos quede como en depósito una parte pequeña de ella, y así tendremos
siempre a nuestro favor un saldo, como si se tratase de una operación
financiera. Esta condición mental no podemos construirla por nosotros mismos,
pero sí podemos pedir al Supremo que la construya por nosotros.
Empecemos por
habituarnos al ejercicio de este deseo en cada uno de nuestros actos menos
importantes, y entonces la acción de inclinarnos para recoger las tijeras o el
pedazo de papel que cayeron al suelo procurará cada vez más a nuestros músculos
un verdadero placer físico y otro placer moral, además, con el conocimiento de
que cada uno de esos actos nos ha dejado como en depósito una pequeña parte de
la fuerza que era necesaria para cumplirla. Si ahorramos un poco de fuerza en
cada uno de los actos más insignificantes, podremos luego ayudarnos en algún
esfuerzo mayor; por ejemplo, un largo paseo por el campo, que haremos así con
placer y con provecho. Nuestra habitación se habrá convertido entonces en un
verdadero gimnasio, comenzando nuestros ejercicios con el primer movimiento que
hacemos al levantarnos de la cama y terminando con el último ejecutado al
acostarnos.
Esa continua
adquisición y reserva de fuerzas nos traerá naturalmente una mayor claridad
mental y una mayor agudeza en el juicio, porque la fuerza y la energía de que
hablamos influyen sobre todos los aspectos de la vida espiritual, con más
intensidad aún que sobre la vida física.
Los reposados
movimientos y las mesuradas reverencias que caracterizan las ceremonias y los
ritos religiosos de las creencias de casi todos los pueblos y de todos los
tiempos, responden, sin duda alguna, al propósito de cultivar el reposo
espiritual y al deseo de economizar la Fuerza infinita por la cual el hombre
ejecuta todas sus acciones, y cuya fiel observancia daría al hombre los mejores
y más espléndidos resultados.
La manera
impaciente y aun furiosa con que se ejecutan los actos más ordinarios, como
barrer, quitar el polvo de los muebles, poner en orden una habitación, subir o
bajar la escalera, es lo que principalmente contribuye a agotar las fuerzas de
muchas mujeres. No está nunca en propio trabajo la fatiga; en la condición
mental de la impaciencia estriba la causa verdadera de que a los cuarenta años
sean ya viejos no pocos hombres y mujeres. Por ese camino es por donde muchas
mujeres vienen a parar en esa desgraciada condición mental que exige de ellas,
para cualquier acto de la vida ordinaria, una fuerza diez veces mayor de la que
sería necesaria; y es que ese mismo derroche de fuerzas engendra, a su vez,
falta de juicio, falta de previsión y falta de economía en todos los actos de
la vida cotidiana. Nuestros sentidos pierden una buena parte de su agudeza y
claridad si estamos más o menos fatigados. Cuando hemos hecho una penosa
ascensión a la cima de una montaña, gozaremos mejor de la hermosura del
panorama si hemos sabido guardar o reservar parte de nuestras fuerzas. Muchas
son las personas que malgastan su energía en la acción precipitada de su
espíritu y de su cuerpo, sin saber reservarse al menos una pequeñísima parte
para poner cálculo, o previsión en sus cosas. Esa condición mental es la que
mantiene a muchísimas personas en la pobreza material. Si la fuerza de que nos
servimos para poner en acción el cuerpo estuviese siempre bajo el dominio de la
mente, y después de un momento de fatiga viniese el descanso, el
aprovechamiento de dicha fuerza sería mucho mejor y más completo. No se halla
uno en condiciones de hacer bien un negocio mientras está, por ejemplo,
entregado al placer de la caza.
El modo mental
de la impaciencia tanto puede dominarnos en el despacho o en el almacén como en
la cocina. Sobre la tumba de más de un afortunado comerciante se podría
escribir la siguiente leyenda: “A éste no lo ha matado su trabajo, sino el
exceso de fuerzas que puso en su trabajo”. La precipitación con que se escriben
muchas veces las cartas comerciales con letra desigual y apenas formada,
demuestra que quien así procede vive en un estado mental que malgasta buena
parte de sus fuerzas.
Alguien tal vez
diga: “Si yo hiciese como el autor me indica, ni aun la mitad de mis negocios
podría cumplir al día”. Quizá tenga razón, pero también es cierto que del modo
que obran muchos, la inmensa mayoría, el desperdicio de fuerzas es constante,
siendo el resultado final totalmente desastroso, pues ello engendra debilidad y
ésta el decaimiento definitivo.
Cada día, al
levantarnos, formulemos la siguiente plegaria: “Pido al Poder supremo
que me conceda el modo mental del descanso”; o bien: “que halle
gusto y placer en todas las cosas que haga”. Todos los actos que cumplimos
durante el día pueden estar y están en realidad influidos por el primero que
realizamos al empezar la vida cotidiana. Muchas mujeres habrán entrado por todo
el día en una corriente de irritabilidad sólo porque, debido a la precipitación
con que prepararon el almuerzo, se quemaron un dedo o volcaron la cafetera, y
téngase en cuenta que estas y otras desgracias les sucedieron porque tenían
presente en su imaginación el terrible y nefasto ¡más aprisa¡
Si por medio de nuestra plegaria al Poder supremo logramos que esa corriente mental de la verdadera Economía actúe sobre nosotros, en vez de poner cuidado en nuestros actos bastará con que pongamos amor, y si ponemos amor en cada uno de nuestros actos, no hallaremos ninguna molestia en su cumplimiento. El hábil jugador de pelota o de billar y el gracioso e inteligente bailarín no hallan sino placer en el cumplimiento de sus actos, y es porque pusieron amor en ellos, que es como en lo futuro cumplirá el hombre cada una de sus acciones. La idea que encierra la palabra cuidado, y aun la palabra misma, ha sido engendrada por la mente material o de la tierra. En las más elevadas regiones de la existencia todo cuidado queda convertido en amor.
Amar la acción
de un modo natural, es decir, sin forzar la propia naturaleza de las cosas, es
lo que determina la economía de las sagradas fuerzas que están en nosotros, del
mismo modo que el hábil leñador sabe economizar la fuerza que exige el manejo
del hacha, blandiéndola contra el tronco del árbol nada más que en el momento
oportuno y en el sitio escogido de antemano, con lo cual convierte su trabajo
en un verdadero juego.
El artista, el
escritor y en general todos aquellos que están totalmente absorbidos por la
profesión que ejercen se sienten impacientes en todo momento para entregarse a
su trabajo favorito; el cual ejerce sobre ellos como una especie de
fascinación, tanto que no ansían otra cosa que poderse entregar a él. Todo lo
demás de la existencia los molesta, y el tiempo que no emplean en su tan amada
labor se fastidian; se visten aprisa y de cualquier manera, almuerzan
precipitadamente, y de un modo parecido ejecutan todos los demás actos propios
de la vida. Y luego, como resultado de todo esto, al tomar la pluma, el lápiz o
el pincel, se hallan sin inspiración y asaz mal dispuestos para el trabajo.
¿Por qué? Porque el artista ha malgastado una buena parte de sus fuerzas en
todo lo que ha hecho antes de entregarse a su trabajo favorito. La sabia
economía de las fuerzas es el principio de la vida verdadera, es la piedra
angular del edificio que construirán muchos hombres de los que pasan ahora por
inconscientes o son despreciados por sus hermanos.
Cierto que
muchos hombres de un poder mental muy grande han sido descuidados y no han
puesto amor en los pequeños actos de la vida, a pesar de lo cual han cumplido
lo que llama el mundo grandes cosas; pues bien, esos mismos, si hubiesen sabido
economizar las fuerzas, hubieran cumplido todavía cosas mucho más grandes. Su
continuo derroche de fuerzas acabó por debilitar su cuerpo y por arrojarlo
finalmente sobre el lecho del dolor, convirtiéndolo en un instrumento inhábil
para que el espíritu se pudiera servir de él en los dominios de la vida
material.
La verdadera economía de nuestras fuerzas significa vida eterna para el cuerpo. Esto no quiere decir que el cuerpo haya de ser siempre el mismo, pues el cuerpo va renovándose y purificándose a medida que el espíritu sabe atraerse mayor suma de energías de la Fuente del Poder infinito.
El despilfarro de energías que hacemos en los actos más pequeños de la vida afecta de modo perjudicial al mecanismo interno. Porque los pulmones, el corazón, el estómago y todos los demás órganos funcionan de acuerdo con nuestro modo mental predominante, y si éste es el de la impaciencia, con impaciencia se cumplirán sus transcendentales funciones y, por tanto, imperfectamente. Si no nos tomamos el tiempo indispensable para hacer las cosas con la debida propiedad y el necesario sosiego, tampoco cumplirá el estómago como debe sus naturales funciones, y desde ese momento todos los demás órganos marcharán de acuerdo con el estómago, porque en cuanto se altera uno de los órganos de la máquina, su funcionamiento queda alterado.
El continuo malgaste engendra forzosamente la impaciencia, y la respiración de toda persona impaciente es corta y fatigosa, pues aquel a quien consume la angustia no puede respirar de un modo verdaderamente saludable. Pero a medida que pidamos al Poder supremo un modo mental más apropiado a la verdadera economía de nuestras fuerzas, la respiración de los pulmones se hará naturalmente más profunda y más reposada.
Como existe una
respiración material, existe también una respiración propiamente espiritual.
Cuando nuestro espíritu vive en la corriente mental de la verdadera economía,
puede enviar al cuerpo una cierta cantidad de vida, vida que penetra en él con
cada una de sus respiraciones, y poco a poco se van haciendo éstas más
profundas y más reposadas.
Esta vida no
viene de la tierra, sino de las regiones del espíritu, y viene
proporcionalmente a la energía de nuestra aspiración, aspiración que consiste
en pedir al Supremo que nos lleve a una existencia más alta y por encima de los
dolores y de las enfermedades terrenales.
Poner fuerzas en
el odio es el peor uso que podemos hacer de ellas; odiar alguna cosa, sea lo
que fuere, es lo que más asegura y más profundamente daña nuestro cuerpo.
Cuando vivimos
de conformidad con las leyes de la Economía divina nos ahorraremos esa fuerza
ahora malgastada, pues no se albergará el odio en nuestro corazón; solamente
veremos el bien en los hombres y en la naturaleza. Ver sólo el bien en todas
partes es exteriorizar una gran fuerza mental capaz de atraernos una mayor
cantidad de bien. A medida que se haga nuestra demanda más fervorosa y más
sincera, el Poder supremo nos enseñará la manera de hallar en todas las cosas
mayor bien del que nunca podremos imaginarnos y quedaremos entonces admirados
de la infinita hermosura y del orden perfecto que llenan el universo, orden y
hermosura por ahora ni tan sólo sospechados.
La ley del
hombre nos dice que hemos de rechazar todo agravio, y así, en el orden humano
ahora establecido, sucede que una parte de la sociedad está en continua lucha
con la otra parte, con el pretexto de combatir algún mal, y entonces se
pronuncian de uno y de otro lado palabras duras y amargas. De esta manera,
desde el púlpito y desde la tribuna unos hombres lanzan contra otros hombres
tremendas acusaciones y anatemas, y por este camino se engendran en uno y en
otro bando los más torcidos y extraviados sentimientos. Los hombres han hecho
las leyes para destruir el mal, y no lo han logrado en lo mínimo, pero la
rutina nos ha acostumbrado a seguir por este camino, y por él vamos los hombres
tan satisfechos. Pero, mirándolo detenidamente, ¿podemos decir que ha sido éste
el mejor camino? ¿Hemos observado en nada de esto las inspiraciones del
Espíritu todopoderoso? ¿O es que el hombre se ha empeñado en tomar las riendas
en su propia mano, fiando demasiado en sus fuerzas para gobernarse?
Si nos hallamos
en ese estado mental en que nos parece necesario hacer varias cosas a un mismo
tiempo, pues las juzgamos todas igualmente indispensables –como le sucede con
frecuencia a la mujer que no sabe ordenar los trabajos propios de su casa-,
entonces hemos de implorar al Poder supremo la sabiduría necesaria que nos dé a
conocer cuál es la cosa que hemos de ejecutar primero, cuál la que ha de sernos
más provechosa y más necesaria. También hemos de pedir la sabiduría necesaria
para saber cuándo hemos alcanzado el límite de nuestras fuerzas, pues son
numerosos los que innecesaria e inconscientemente trabajan bastante más allá de
ese límite, quebrantando su salud y precipitando su muerte.
Gastamos en
mayor o menor cantidad fuerzas propias aun cuando el cuerpo no haga nada y esté
quieto, pues las gasta cada de nuestros pensamientos, cada uno de nuestros
propósitos mentales, sea grande o pequeño. Vemos, por ejemplo, que nuestra
biblioteca está llena de polvo, que nuestra mesa de trabajo se halla
desordenada, que nuestras cajas de pintura andan en revuelta confusión. El
propósito que mentalmente hemos formulado de poner todas estas cosas en orden,
aunque materialmente nos hayamos quedado sentados, ha gastado una parte mayor o
menor de nuestra fuerza. Si pensamos en estas cosas una docena de veces al día,
proponiéndonos siempre hacerlas, pero sin hacerlas nunca, hemos ido gastando
mayor cantidad de fuerzas de las que eran menester para ejecutarlas
materialmente, y de ahí que, al fin, aumente en nosotros cada vez más la
irritación a la vista de cosas que hemos dejado sin hacer varias veces durante
un mismo día.
La simpatía y el
amor mal dirigidos son causa igualmente de pérdida de fuerzas. Si ponemos amor
y simpatía en personas cuya condición mental es muy inferior a la nuestra,
desperdiciamos una gran cantidad de elementos muy valiosos, sin recibir a
cambio de ellos otros elementos compensatorios. La ley de vida exige que haya
una absoluta igualdad en el intercambio de elementos mentales cuando dos o más
personas se hallan estrechamente unidas. Estar unidos a una persona en espíritu
no es ninguna metáfora. Existe una verdadera relación espiritual, mucho más
real y estrecha que la relación física de dos personas que se pasean cogidas
del brazo. Si nos unimos íntimamente con alguna mentalidad inferior a la
nuestra, siempre dispuesta a los sentimientos de odio o de impaciencia,
absorberemos de esa mentalidad estos y todos los demás defectos de que pueda
adolecer, y con ellos también los males físicos de que son indefectiblemente
origen. En esta idea se basa la recomendación del apóstol: “No te juntes nunca
sino con tus iguales”.
El fastidio y la
tristeza son también grandes malgastadores de nuestra fuerza. Sin embargo,
todos nacemos con los elementos de la tristeza y del fastidio dentro de
nosotros, los cuales nos causan infinitos dolores por lo que ha sucedido ya o
bien por lo que puede sucedernos mañana, hasta que en virtud de nuestra
constante plegaria, esos bajos pensamientos son arrojados fuera de nuestra
mente y en ella reemplazados por una corriente mental mucho más elevada, por
donde se llega a descubrir que la ley de la vida perdurable o de la religión no
se funda en dogmas de ninguna clase ni se celebra en determinados días y en
determinada forma, sino que es un Espíritu santo y de esencia divina que
penetra cada una de las fibras de nuestro ser y cuya Fuerza infinita se expresa
en el simple movimiento de un dedo; en todo esto hallaremos siempre la Fuente
inagotable de nuestro placer y de nuestro provecho. Esta corriente mental
acabará por fabricar el hombre nuevo y la mujer nueva que hallarán en todas las
cosas de la vida causa de gozo…En este sentido se ha de entender que el
Infinito borrará un día la tristeza y las lágrimas de los ojos de los humanos,
según lo prometido en las Escrituras.
Nuestras fuerzas
no pueden quedar limitadas a los actos físicos, ni la influencia que hemos de
ejercer sobre los demás ha de quedar circunscrita a la que podamos tener sobre
ellos hablándoles o escribiéndoles. Nuestra mente se junta y se mezcla con
otras mentalidades, sin que el cuerpo físico tenga absolutamente nada que ver
con esas comuniones. Nuestras fuerzas mentales pueden estar en plena acción
mientras descanse tal vez el cuerpo. Existe un reino del espíritu, un mundo
casi por descubrir todavía, y donde, mientras los cuerpos descansan en sus
lechos, las mentes que se alojan en los mismos proyectan, discuten e impulsan
las cosas más grandes que luego toman realidad en el mundo material. El cuerpo
que está tendido en la cama, mientras el espíritu trabaja, no es más que el
instrumento que ese mismo espíritu tomará por la mañana para actuar con él en
el mundo de las cosas materiales. La mente de un hombre que vive absorbido por
una empresa muy grande, no deja ni un punto de estar en plena acción, ni durante
el día ni durante la noche; el cuerpo solamente es el que descansa algunos
momentos en el dominio de la vida que percibimos mediante los sentidos físicos,
siempre engañosos.
Si malgastamos
fuerzas en el mundo físico las malgastamos también en el mundo espiritual;
cuando en uno cualquiera de esos dos mundos se produce una pérdida de fuerzas,
esa pérdida se siente también en el otro. Si nos dormimos experimentando una
gran angustia, nuestro espíritu permanecerá durante la noche en ese mismo
estado, y cuando despierte el cuerpo nos hallaremos con que aumentó todavía en
nosotros la carga de esos elementos destructores de la angustia. La mente cuyo
hábito es la impaciencia, mientras descansa el cuerpo en la cama, ella continúa
viviendo en los dominios de la impaciencia, uniéndose con aquellas otras
mentalidades que viven también en un estado idéntico, alimentando así el cuerpo
tan sólo con los elementos destructores de la impaciencia.
Las fuerzas
economizadas por los medios de que hemos hablado y por muchos más, son las que
dan a los adeptos de ciertas sectas de la India los poderes extraordinarios de
que gozan, poderes en que la mayoría de los occidentales no creen y que otros
califican de sobrenaturales.
No hay nada en
el universo que sea sobrenatural; lo único que hay es que en el universo y en
nosotros mismos existe gran cantidad de cosas que el hombre de hoy ignora.
Todos los
hombres, en el transcurso de los tiempos, se han habituado a malgastar sus
propias fuerzas, por lo cual, al tratar de corregir estos males, nos
guardaremos mucho de decir: Preciso es que se reforme inmediatamente este
hábito, porque ese hábito no puede ser reformado inmediatamente, ni puede
tampoco cada uno de los hombres individualmente reformarlo en absoluto. Tan
sólo nuestra constante plegaria al Poder supremo puede librar a la mente de
hábito tan pernicioso.
No podemos con un solo esfuerzo detener ese malgaste perenne de nuestras fuerzas; la impaciencia habitual que ha perdurado muchos años exigirá bastante tiempo para corregirse y cambiarse en algún modo mental de mayor sosiego. Las asociaciones impropias o perjudiciales no pueden tampoco ser cortadas de una sola vez, aun cuando sepamos ya que ellas son la causa de la pérdida excesiva de nuestras fuerzas. Una mente inclinada a odiar o a sentir envidia de los demás no puede cambiar su modo de ser en un solo día.
Sería emprender
un mal camino decirnos o decir a los demás: “Es preciso corregir de golpe el
hábito de la impaciencia”, pues el esfuerzo que hiciéramos en este sentido
sería forzado y antinatural, yendo en perjuicio y daño de la persona que lo
intentase y dando lugar a una condición mental artificiosa, como vemos alguna
vez en ciertas personas que imitan o remedan las maneras y habilidades de
otras. Las condiciones mentales que de esto resultan son siempre antinaturales
y de ningún modo saludables, pues producen al cuerpo una fatiga extraordinaria.
La corrección que uno mismo puede lograr por tales medios no perdura; solamente
logra perdurar por los siglos de los siglos la que nos viene de Dios.
El cuerpo que
durante treinta o cuarenta años se ha acostumbrado al modo mental de la
impaciencia, de manera que se ha convertido en su condición habitual, tiene ya
en cada uno de sus nervios, de sus músculos y de sus huesos la impaciencia
mental materializada en substancia física, y solamente podemos desprendernos de
ella poco a poco, reemplazándola por substancia más nueva y más sana, más
espiritual en suma.
Actualmente
vivimos en medio de la ignorancia, de manera que nadie puede calificarnos de
miserables pecadores, pues estamos ya en marcha para alejarnos de todo error, y
a medida que nuestros ojos vayan abriéndose a la luz descubrimos alguna de las
faltas o de los errores en que hemos vivido. Y hemos de dar gracias al Supremo
de que nos haya hecho ver nuestras pasadas faltas o errores; de manera que el
solo hecho de que los podamos ver es ya una prueba de que avanzamos en el
camino de la perfección.
Pero el hombre
no puede desarrollar por sí mismo esa Economía divina; de ahí que cuando llega
a descubrir que desperdicia o malgasta de algún modo sus propias fuerzas, lo
que conviene es que dirija al Supremo la petición de que le sea concedido el
modo mental del sosiego y de la calma, y entonces empezará a fluir sobre él una
vida nueva, con enseñanzas fructuosas para el ahorro de sus fuerzas,
incorporando materialmente estas enseñanzas en su sangre, en sus huesos y en
sus nervios, y construyendo así poco a poco su nuevo ser. Por este camino la
práctica de la Economía divina se le hará al hombre tan fácil y tan natural
como en él es ahora natural y fácil el acto de respirar.
La mente
infinita y la Sabiduría de los siglos llamadas a obrar sobre los hombres
destruirán quietamente y sin perturbación de ninguna clase todos los obstáculos
que se opongan al completo desenvolvimiento de la Vida. Y cambiaremos tan suave
y quietamente de modo de ser, trocando poco a poco nuestras condiciones,
nuestros hábitos y nuestras compañías, que apenas lo notaremos, del mismo modo
que en una hermosa puesta de sol cambia a cada instante el aspecto del cielo,,
modificándose su coloración y sus matices, y haciéndonos olvidar de los
esplendores pasados el que estamos entonces admirando.
De ahí que
podamos afirmar que el reino de la Bondad infinita penetra en la mentalidad de
cada uno de nosotros tan silenciosamente como entra el ladrón por la noche…
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