sábado

NUESTRA VIDA DURANTE EL SUEÑO Capítulo I y Prólogo de PRENTICE MULFORD













PRENTICE MULFORD


NUESTRAS
FUERZAS
MENTALES

 

MODO DE EMPLEARLAS CON PROVECHO EN EL COMERCIO, LA INDUSTRIA, LAS ARTES, LOS OFICIOS Y EN GENERAL EN TODOS LOS ACTOS Y SITUACIONES DE LA VIDA

 

PRÓLOGO

 

Absolutamente nuevo, o poco menos, para los lectores de habla española ha de ser el nombre de Prentice Mulford, el autor de este libro extraordinario y de otros que le han de seguir, tan extraordinarios o más todavía. Por esto creo conveniente dar aquí, una breve noticia de su autor, para lo cual me he de servir principalmente de lo que se ha escrito sobre él en su propio país, sobre todo mientras aguardamos que en el volumen segundo de estas sus Obras completas él mismo nos cuente, en emocionado estilo, su propia vida y por qué transcendentales caminos llegó al estado de espíritu en que escribió esta larga serie de estudios, en que hallamos una visión tan profunda de la vida humana y una tan sugestiva clarividencia de la vida futura.


Uno de sus biógrafos ha dicho con plena justicia que el cerebro y la pluma de Mulford jamás estuvieron en reposo. En efecto, desde muy joven entró nuestro autor en las lides periodísticas y en ellas formó su batallador temperamento, tratando a los hombres y llegando a conocerlos tan completa y profundamente como no son muchos en verdad los que puedan alabarse de haber llegado tan adentro en el corazón humano. Prentice Mulford nació el 5 de abril de 1834 en Sag Harbor, Long-Island, Estado de Nueva York, y murió el 27 de mayo de 1891 en circunstancias un tanto extraordinarias, pues fue hallado exánime su cuerpo a borde de un pequeño barquichuelo en el cual hacía ya algún tiempo que vivía. El barco estaba anclado en la bahía de Sheephead, Long-Island, y al parecer disponíase a hacer rumbo a su pueblo natal. A bordo de la pequeña embarcación fue hallado todo en el mayor orden. Prentice estaba tendido en el lecho y su rostro tenía una expresión de inmensa serenidad, sin el menor signo de que hubiese sufrido el más pequeño dolor o angustia, lo cual ha hecho exclamar a otro de sus más entusiastas biógrafos: “Si Prentice Mulford hubiese elegido por sí mismo la manera de morir, seguramente moriría como ha muerto”.


Pocos días después escribía Roberto Ferral, uno de sus mejores amigos: “Prentice era un hombre todo pensamiento, un pensador, uno de los pocos pensadores que se han negado a tomar de segunda mano ideas sobre la vida y la muerte; prefirió investigar por sí mismo y no respetó creencia ni dogma consagrados únicamente en razón de su edad, ni rechazó ninguna doctrina solo porque fuese objeto de burla o llevase la marca del ridículo .Mulford creyó que nuestra vida actual no es más que una corta jornada que estamos obligados a hacer repetida algunas veces, para llegar a un más elevado y más completo desenvolvimiento de nuestra personalidad. Prentice se formó una filosofía y una religión propiamente suyas, que fueron desenvolviéndose a través de los tiempos de una manera asaz inesperada para él mismo. Creyó que el poder mental es un factor predominante en la acción humana, y esto le hizo exclamar, con Bulwer: “La muerte no existe”, diciendo más tarde con el mismo Shakespeare: “La vida no es más que el paso de una sombra”. Tranquilamente, sin temor alguno, quiso leer en el misterio que se extiende más allá de la tumba. La muerte jamás lo intimidó. Del mismo modo que el humilde gusano abandona un día el fango y la fealdad de la tierra, para volar a otras elevadas esferas y habitar en el espacio y entre el perfume delas flores, de igual manera ha dicho Prentice Mulford que se efectuará en el hombre el último gran cambio, pasando a través de la muerte a más elevadas regiones para gozar en los cielos de una vida feliz y eterna”.


Tal es la idea fundamental de la filosofía de Mulford, que repetidamente expone en las más variadas formas en el decurso de sus escritos, idea que ilumina cada vez con nuevas luces y con más poderosos reflejos de su privilegiada inteligencia. Así dice muy acertadamente Elisa Archard, comentando su obra: “En el hombre interior, en el espíritu de cada uno de nosotros, está ya formado, construido como quien dice, lo que después ha de ser expresado por el cuerpo. Nuestro cuerpo, su belleza o su deformidad, su enfermedad o su salud, no son realmente más que la expresión exterior de una belleza o deformidad interiores, de una enfermedad o de una salud interior también. Somos siempre aquello mismo que pensamos. Pensemos en la salud, en la alegría, en la prosperidad, en la benevolencia para con todos los hombres, y vendrán a nosotros, llenando nuestra vida, la salud, la alegría, la prosperidad y la benevolencia en que piensen aquellos que a nosotros nos rodean”. En otro pasaje de su estudio, dice la propia escritora: “En su vida espiritual, lo mismo que en su física ascensión, la humanidad se encuentra todavía en los peldaños más bajos de las escaleras”.


Esto es lo que Prentice Mulford repite muchas veces en sus obras, deduciendo de esto mismo la necesidad de que nos enfoquemos en la provechosa y agradable tarea de procurar nuestro adelantamiento individual y colectivo, demostrándonos con su firme y claro razonar que son llegados precisamente los tiempos en que el hombre pueda empezar a leer con alguna mayor claridad en el misterio que se extiende más allá de lo que, en nuestro oscuro y atrasado lenguaje, hemos llamado la Muerte. Es ésta, indudablemente, la más transcendental enseñanza que se desprende de las obras de Prentice Mulford, las cuales he procurado traducir de su lengua original con la mayor fidelidad, sacrificando no pocas veces la pureza y corrección del lenguaje castellano al deseo de no mutilar lo que puede llamarse el desenvolvimiento natural de la idea. En otras ocasiones también dejé vagamente expresados ciertos pensamientos, pues me pareció imperdonable pecado precisar y concretar lo que en el texto original estaba impreciso e inconcreto, forma que dice muchas veces bastante más que la forma mejor determinada... Y ahora me atrevo a da un buen consejo al lector que ha llegado hasta aquí, y es que, sin dejarlo un punto de la mano, se entregue a la lectura de este libro.

Ramón Pomés

 

DIOS


Un supremo poder y una suprema sabiduría gobiernan el Universo. La suprema inteligencia es inconmensurable y llena el espacio infinito. La sabiduría, la inteligencia y el poder supremos están en todas las cosas, lo mismo en el átomo invisible que en el mayor de los astros.


El supremo poder y la suprema sabiduría existen también fuera de todas las cosas. La suprema inteligencia existe en todos y en cada uno de los átomos de la tierra, de las aguas, de las plantas, de los animales, del hombre y de la mujer. La suprema sabiduría no puede ser enteramente comprendida por el hombre, aunque recibirá siempre con alegría profunda las vislumbres de la luz y de la inteligencia supremas, que le permitirán trabajar en su felicidad final, aunque sin comprender jamás todo su misterio.


El supremo poder nos gobierna y nos rige, como gobierna y rige a los soles e infinitos sistemas de mundos que ruedan en el espacio. Cuanto más profundamente conozcamos esta sublime e inagotable sabiduría, mejor aprenderemos a conocer y aprovechar lo que está sabiduría ha puesto en nosotros, constituyendo una parte de nosotros mismos, para de este modo hacernos perfectibles. Este medio de mejorar perennemente nuestra salud lo posee, siempre de un modo progresivo, todo lo que existe, estableciendo como una gradual transición entre un más elevado estado de existencia y el desenvolvimiento de poderes que de ninguna manera podemos realizar aquí.


Nosotros somos, sin embargo, el límite puesto entre varias partes y expresiones del supremo e infinito Todo. El destino de cuanto existe en el tiempo es ver su propia relación con lo Supremo, y saber descubrir también que el recto y estrecho sendero que conduce a la perpetua e increada felicidad no es más que una plena confianza y dependencia con lo Supremo, estableciendo así la total armonía de la sapiencia que no puede haber tenido origen en nuestra pobre personalidad. Estemos llenos de fe en lo que hemos de pedir ahora y todos los días, para que esta fe nos haga comprender y nos haga creer que todo lo que existe son partes del Infinito espíritu de Dios, que todas las cosas son buenas porque Dios está en ellas, y finalmente que todo aquello que reconocemos como formando parte de Dios existe y obra necesariamente para nuestro bien.


I

NUESTRA VIDA DURANTE EL SUEÑO


Cuando estamos despiertos, el espíritu es muchas veces arrojado de nuestro cuerpo y desparramado por el espacio, a causa de algún trabajo excesivo que hayamos podido hacer; entonces, debido a la escasez de fuerza espiritual que queda en él, el cuerpo cae en el estado o trance que llamamos de somnolencia. Y del mismo modo que nosotros arrojamos fuera de nuestro cuerpo a nuestro propio espíritu, el agente mesmérico arroja fuera del cuerpo el espíritu de su sujeto.


Nuestro cuerpo no es nuestro verdadero YO. El poder que lo mueve según nosotros deseamos es nuestro espíritu; y nuestro espíritu es una organización invisible, aparte y muy distinta, enteramente distinta de nuestro cuerpo. Nuestro espíritu –que es nuestro verdadero YO- hace uso de nuestro cuerpo del mismo modo que el carpintero se sirve del martillo o de cualquier otra herramienta de trabajo.


El espíritu es el que está cansado durante la noche, y por esto, acabadas sus fuerzas, no puede ya hacer uso del cuerpo, fuerte todavía. El cuerpo en realidad es el que no se cansa nunca, el que está siempre fuerte, así como el martillo del carpintero tiene la misma fuerza que el brazo que lo levanta: mucha si el brazo es fuerte, poca si el brazo es débil.


El espíritu está débil durante la noche, a causa de que las fuerzas de su intelecto han sido lanzadas en muy diversas direcciones durante el día y a las cuales no puede, de pronto, juntar o reunir otra vez. Cada una de nuestras ideas y cada una de nuestras acciones resultantes de las mismas constituyen una de estas fuerzas y son una parte de nuestro espíritu. Cada idea o radiación de nuestra inteligencia, se haya exteriorizado o no, es una cosa, una sustancia tan real, aunque invisible, como el agua o los metales. Cada idea, aunque no haya llegado a expresarse, es algo que participa de la persona, del objeto o de los sitios a que ha ido dirigida. Nuestro espíritu, pues, ha sido durante el día lanzado a millares de direcciones diferentes. Cuando pensamos, obramos. Todo pensamiento, toda idea, significa un gasto de fuerza. Así, durante dieciséis o más horas irradian fuera del cuerpo las fuerzas espirituales, siendo apenas suficiente la noche para que pueda el cuerpo recuperarlas para hacer otra vez uso de ellas, permaneciendo mientras tanto el cuerpo en el estado de insensibilidad que llamamos sueño, durante cuyo estado, o condición, el espíritu va reuniendo las fuerzas que desparramó durante el día, así como las ideas y pensamientos que arrojó fuera de sí en todas las direcciones, los cuales, con su concentración, devuelven al cuerpo su poder y le dan otra vez su perdida fuerza. Sucede lo mismo que cuando vemos desparramarse y perderse en muy distintas direcciones varios riachuelos o hilos de agua: son fuerza perdida; pero juntadlos todos en una sola corriente y ya tenéis la fuerza que hace girar la rueda del molino.


Si supiésemos o pudiésemos lanzar todo nuestro espíritu hacia un solo centro y reunir así todas nuestras fuerzas desparramadas, podríamos seguramente hacer, en algunos minutos tan sólo, aquello para lo cual hemos de tomarnos ahora mucho tiempo. Este poder lo conocía muy bien el gran Napoleón, y él lo sostuvo muchos días durmiendo muy poco en los momentos más críticos de sus campañas, cuando sus energías habían ya dado de sí todo lo posible. Es éste un poder que puede ser adquirido por todos, mientras se tenga una cierta instrucción y disciplina.


Para lograr esto, lo primero que conviene es poner el cuerpo en el estado de más completo reposo que sea posible, evitar toda clase de involuntarias emociones físicas, así como todos los movimientos del cuerpo, aun los más pequeños e insignificantes y de menor valor. Todos estos movimientos involuntarios malgastan nuestras fuerzas, y, lo que es aún peor, habitúan a nuestro inconsciente a destruirlas y malgastarlas. La acción involuntaria de la inteligencia, el extravío del espíritu en todas direcciones – hacia personas, cosas, planes o proyectos - , el desgaste del mismo, sea grande o pequeño, ha de ser también cuidadosamente evitado, dejando a la inteligencia durante algunos minutos en el más completo reposo. La concentración de la inteligencia en la palabra atracción o autoatracción, o bien imaginar nuestro espíritu puesto, por medio de una especie de filamentos eléctricos, en relación con personas, lujares o cosas muy lejanas, pero dirigidos juntos hacia un solo foco, nos ayuda a alcanzar este resultado, y de tal manera la imagen de todo ello se convierte en nuestra inteligencia en una realidad de orden espiritual. Esto es, que todas esas imágenes son en aquel momento en nosotros y en el espíritu y por el espíritu existen. Toda imagen y toda invención vista claramente por el espíritu es de substancia espiritual, pero de tanta realidad como una cosa de madera o de hierro o de cualquier otra materia, en la que luego podrá ser personalizada y hacerse visible a los ojos corporales, y en cuya acción constituye la base física de la existencia.


Si un hombre piensa o imagina matar, en aquel mismo punto lanza al espacio un elemento sanguinario, y arroja fuera de sí una idea de muerte tan real como si la dejase impresa sobre un papel. El pensamiento es absorbido por otros hombres, y así esta idea o intención de muerte, aunque invisible, es absorbida por otras inteligencias, que se sienten de esta manera inclinadas a la violencia, y aun al mismo asesinato. Si una persona piensa continuamente en la enfermedad, lanza fuera de sí los elementos de toda clase de dolencias; si piensa en la salud, en la fuerza, en la alegría, lanza al espacio elementos de ideas de salud y de fuerza que afectan a los demás tanto como a sí mismo. Un hombre arroja fuera de sí en ideas aquello precisamente que él –o sea su espíritu- contiene en mayores proporciones. Tal un hombre piensa, tal es él. Nuestro espíritu no es más que un conjunto de ideas, de manera que aquello en que más pensamos es lo que constituye en realidad nuestro espíritu. Lo que imaginamos, pues, toma para nosotros apariencias de realidad. Las ideas y pensamientos que nuestro espíritu lanza al espacio en solamente un minuto, con mucha dificultad las podríamos escribir bien en una hora o más. Si juntamos todas nuestras fuerzas espirituales, hemos reunido y concentrado todo nuestro poder, al cual podemos de esta manera dirigir sobre la cosa o sobre el lugar que nos plazca. Cuando los ojos y la inteligencia van dirigidos hacia un mismo sitio o cosa, los cuales no sobrepasen nuestras propias energías, como, por ejemplo, un punto determinado en la pared, las ideas positivas o radiaciones que nos unen con lo externo son arrastradas hacia aquel centro común. El fijar toda nuestra fuerza espiritual en una sola cosa nos aproxima a ella, esté cercano o muy lejano el punto de contacto. Antes de efectuarse esté, el espíritu es algo así como una mano abierta con los dedos extendidos; cuando la idea fija ha desarrollado toda su acción, el espíritu viene a ser como un puño fuertemente cerrado.


Cuando dirigimos el pensamiento hacia algo exterior, arrojamos fuera nuestras fuerzas; y cuando lo concentramos en una sola cosa, y de ese modo lo retenemos y evitamos su extravío en todo momento, aumentamos nuestras fuerzas.


El faquir indo, aunque de una inteligencia muy poco cultivada, llega fácilmente a ser habilísimo en arrojar su espíritu fuera de su cuerpo, con el cual queda, sin embargo, unido por medio de la invisible y esplendorosa corriente de vida que en la Biblia es llamada hilo de plata. Si este hilo llega a romperse, el cuerpo y el espíritu quedan completamente separados, y el cuerpo muere. Muchas veces ha consentido el faquir que se lo enterrase vivo. Han sembrado luego arroz sobre su tumba y el arroz ha germinado; han sellado y precintado su ataúd y han vigilado cuidadosamente su fosa. Permanece así durante muchas semanas, y cuando lo desentierran... ¡está vivo todavía!


Y es que el hombre verdadero, el verdadero YO, no bajó con el cuerpo a sepultura; a éste únicamente, autoinducido al estado de trance, es el que enterraron. Entre el cuerpo y el espíritu, que es posible estén separados, el finísimo hilo del espíritu mantiene la vida del cuerpo; como si dijéramos: le presta un suplemento de vida mientras para el cuerpo no ha llegado aún la hora de su verdadera muerte. Y cuando el faquir es desenterrado, su espíritu vuelve a él y toma otra vez entera posesión del cuerpo. Supo hacer con su propio cuerpo lo que el agente mesmérico hace con el cuerpo de su sujeto. Lanza su propio espíritu fuera de sí mismo, así como el que mesmeriza lanza el espíritu del cuerpo de su sujeto. Antes de lanzar fuera su espíritu, el faquir indio deja en la más completa inactividad su inteligencia; y antes también de arrojar fuera el espíritu de un hombre, el operador mesmérico hace que la inteligencia de su sujeto quede completamente inactiva; en otras palabras: trata de evitar la resistencia de la segunda persona, de la persona inteligente, para reunir más fácilmente en un solo centro todas sus fuerzas espirituales.


Puede nuestro espíritu, y con mucha frecuencia, usar de este poder, salirse de nuestro cuerpo durante el sueño para dirigirse a lugares muy distantes, conservando su unión con él por medio de ese sutilísimo hilo de que hemos hablado, el cual puede alargarse hasta las mayores distancias, y viene a ser una especie de alambre eléctrico que se extiende o se contrae, manteniendo unido nuestro espíritu con el instrumento a favor del cual opera, que es el cuerpo.


Este poder del espíritu da lugar y espacio al cumplimiento de ese singular fenómeno de personas que a un mismo tiempo han sido vistas en dos lugares diferentes y muy distantes el uno del otro; pero no es sino el espíritu lo que en uno de estos dos lugares ha podido ser visto por unos ojos clarividentes. Es el doble –doppel ganger- de los germanos; el fantasma de los escoceses. El espíritu puede muy bien hallarse lejos del cuerpo un momento antes de la muerte. Es tan sólo el débil soplo de la vida que el espíritu transmite al cuerpo por medio de su hilo de unión de que causa a éste el dolor de la agonía, aunque en realidad no padece el cuerpo tanto como parece. El verdadero YO, el espíritu, puede muy bien alguna vez no tener pleno conocimiento o conciencia del acto de la muerte, y hasta puede suceder que se presente en aquel punto a alguna persona, aun hallándose a mucha distancia, hacía la cual se sienta atraído, con lo que se explica y queda resuelto el misterio de las apariciones –que vieron diferentes amigos- de personas cuya muerte, acaecida al tiempo de su aparición, no fue de ellos conocida sino muchos meses después.


Algunas veces sucede que, hallándose enferma una persona, cae en un estado tal de inconsciencia, que el espíritu llega a abandonar el cuerpo, aunque sin romper del todo el hilo de la vida que lo une a él. Ese estado especial de trance en que ha caído el cuerpo del enfermo ha sido tomado alguna vez por la muerte real y verdadera, y dicho cuerpo ha sido enterrado vivo. El espíritu se ha visto entonces obligado a reintegrar el cuerpo ya encerrado en el ataúd, pues el hilo de la vida tan sólo después de su retorno podía ser cortado definitivamente.


Nuestro verdadero ser es arrojado fuera con cada una de nuestras ideas o pensamientos, a manera de sutilísimas chispas eléctricas, las cuales constituyen como una especie de representación de nuestra vida, de nuestras fuerzas, de nuestra vitalidad hasta alcanzar el objeto, sitio o persona a quien van directamente dirigidas, hállese muy cerca o muy lejos de nosotros.


Nuestro espíritu es nuestra real y positiva fuerza. Cuando levantamos un peso, ponemos toda nuestra fuerza física en el músculo que lo levanta. Al hacer un esfuerzo cualquiera, ponemos en él la mayor parte de nuestra fuerza espiritual, o tal vez toda. Y si en aquel preciso momento una parte tan sólo de nuestro espíritu toma cualquier otra dirección, o si mientras levantamos aquel peso alguien nos habla, o algo nos asusta o inoportuna, es seguro que una parte de nuestra fuerza nos abandonará, Cualquiera de esas diversiones nos habrá substraído una parte de la fuerza que habíamos de poner en la elevación del peso susodicho.


La inteligencia, o sea el espíritu, se sirve del músculo para ejecutar un determinado esfuerzo, como hacemos con una cuerda para levantar un gran peso. Nada de esto se puede hacer sin la intervención de la inteligencia. Inteligencia, fuerza y espíritu vienen a ser aproximadamente la misma cosa, aunque no por medio de la materia tangible transmite el espíritu su fuerza, esté cerca o muy lejano el cuerpo sobre el cual obra; pero será fuerte mientras dirija juntas todas sus fuerzas espirituales a un solo punto, esté cerca o lejos de su cuerpo. Y cuando otra vez tome el espíritu posesión de él y el cuerpo despierte, estará en condiciones de usarlo con la misma fuerza que antes tenía.


Pero el espíritu puede muy bien permanecer desparramado durante toda la noche, como puede ser incapaz de tener siempre juntas y reunidas todas sus fuerzas. Puede estar también en sí mismo encerrado, como lo están muchos entre nosotros, aunque con su fuerza espiritual siempre dispuesta a la acción, séale o no penosa. Pero esos estados de la inteligencia, que son como actos del espíritu, y un gasto inútil de sus fuerzas, si llegan a convertirse en habituales, acaban por hacer perder al espíritu su poder de reunir y dirigir a un solo centro todas sus energías, y en esta situación no podrá ya recuperar todas sus fuerzas ni durante la noche ni durante el día.


El insomnio o falta del sueño viene de la dificultad que el espíritu encuentra a veces de recogerse o de reunir todas sus fuerzas en un solo centro. La locura viene de que el espíritu es completamente incapaz de reunir todas sus fuerzas en un solo foco. La curación o tratamiento de estas insanias que dan el insomnio, ha de comenzar precisamente durante las horas diurnas. Es preciso que ejercitemos nuestra inteligencia a poner siempre toda la fuerza de nuestro espíritu en el acto que vamos a cumplir. Por insignificante y de poca importancia que sea lo que estemos haciendo, es preciso que no pensemos en aquel momento en ninguna otra cosa; de este modo aprenderemos a reunir en un solo foco todas nuestras fuerzas. Si estamos por ejemplo, atándonos los zapatos, y pensamos en lo que vamos a hacer luego o en lo que vamos a comprar al salir de casa, arrojamos necesariamente la mitad de nuestra fuerza espiritual, con lo cual podemos decir que quedamos a un mismo tiempo divididos en dos; de esta manera no haremos nada bien, y de un modo más completo desparramos nuestro espíritu, y más inútilmente, cuantas más sean las cosas en que pensemos mientras nos atamos los zapatos o ejecutamos algún otro acto, por insignificante que sea. Nos hemos educado en la malísima costumbre de desparramar y malgastar nuestras fuerzas, hasta llegar a convertir esto en hábito inconsciente e involuntario. Y así es como cada vez encuentra nuestro espíritu mayor dificultad en reunirse y recogerse sobre sí mismo. Por esto, también, halla nuestro espíritu, por la mañana, grandes dificultades para volver con toda su fuerza al cuerpo que le pertenece, en el momento que despierta éste, como también le es igualmente difícil abandonarlo por la noche, al dormirnos. Nunca obtendremos un sueño sano y reparador si nuestro espíritu no se separa completamente del cuerpo. El insomnio consiste casi siempre en que el espíritu no puede abandonar totalmente el cuerpo.


Si adquiere nuestro espíritu el hábito peligroso de emplearse en muchas cosas a un tiempo, no podrá luego, falto de la energía de concentración abandonar el cuerpo cuando es ello necesario, y durante la noche, destinada a su propio descanso, hará uso de sus fuerzas lo mismo que durante el día. De manera que si somos de un natural pendenciero y vivo, se pasará el espíritu toda la noche en continua agitación, y cuando vuelva al cuerpo habrá perdido una buena parte de sus fuerzas, en vez de haberlas recogido y concentrado, pues toda esa inútil agitación, aunque sea solamente en espíritu, constituye un desgaste continuo de fuerzas.


Por esta misma razón es peligroso e insano que el sol se ponga sobre nuestra cólera; esto es, que hemos de tener en cuenta, cada vez que vamos a cerrar los ojos para dormir, la conveniencia de no guardar odio ni rencor contra las personas que estén con nosotros enemistadas, pues el espíritu prosigue el propio proceso después de haber abandonado el cuerpo. El odio es una fuerza destructora, es una fuerza que se desparrama con facilidad, desgarrando nuestro propio espíritu en pedazos. Todos los buenos sentimientos, por el contrario, son constructores, sobreponiendo constantemente fuerzas sobre otras fuerzas. El odio nos lleva a la decadencia. Los buenos sentimientos atraen hacia nosotros la salud y nos traen elementos sanos de todos aquellos con quienes hemos estado en contacto. Si nos fuese posible, en nuestro actual estado, ver esa clase de elementos espirituales, los veríamos fluir hacia nosotros según sus naturales atracciones, lo mismo que hilos finísimos de vida que vienen a nutrir la nuestra. Si nos fuese posible también ver los contrarios elementos de odio que podemos excitar en los demás, veríamos cómo se dirigen hacia nosotros en forma de rayos oscuros o bien como arroyuelos de substancias venenosas. Si lanzamos también al espacio pensamientos de odio, no hacemos más que dar fuerza y poder a los malos pensamientos ajenos. De esta manera, chocando y mezclándose, accionando y reaccionando los unos sobre los otros, tan peligrosos elementos piden a todos y a cada momento nuevas fuerzas que, robusteciendo las anteriores, les permitan continuar indefinidamente la batalla, hasta que caigan los dos enemigos completamente extenuados. El propio interés de cada uno está en no odiar a nadie. El odio debilita el cuerpo y es causa de grandes enfermedades. Nunca visteis a un hombre sano y fuerte que fuese cínico, gruñón o murmurador. Su propio pensamiento lo envenena, y sus enfermedades físicas tienen su verdadero origen en su propio intelecto. El espíritu de tales hombres está siempre enfermo, y el espíritu enferma al cuerpo, como que todas las enfermedades corporales nos vienen por ese conducto. Curemos nuestro espíritu, modifiquemos el estado de nuestra inteligencia, troquemos el deseo de causar daño a los demás o serles desagradables por el ansia de hacerles bien, y esto nos pondrá en el camino de curar todos nuestros males. Cuando el espíritu no dé origen a disputas ni a odios ni a murmuraciones, despojado por completo de estos malos sentimientos, el cuerpo no se hallará siempre dispuesto a sufrir toda clase de dolencias.


Podemos tan sólo oponernos con éxito al odio y malos sentimientos de los demás, dirigiendo contra ellos nuestros pensamientos de bondad. La bondad es un elemento espiritual mucho más poderoso que todos los elementos de ira o de rencor, y aun puede desvirtuarlos. Las flechas de malicia, en el plano espiritual, son una cosa real y verdadera, de suerte que pueden ser arrojadas y dirigidas contra una persona determinada y causarle grave daño. El precepto cristiano “Haz bien a aquellos que te odien a ti” está fundamentado en una ley perfectamente científica. Por esto decimos que el pensamiento o la fuerza del espíritu es una cosa real, y que los buenos pensamientos se sobrepondrán siempre a los pensamientos malos, pudiendo aquí entenderse por poder, en un sentido más literal, el mismo poder o fuerza que levanta una mesa o una silla. Los efectos que produce toda idea o pensamiento, toda emoción, toda clase de sentimientos o de cualidades como la piedad, la paciencia, el amor... son elementos reales, pues los podemos ver con nuestros propios ojos, y constituyen la piedra angular de la base científica de la religión.


Lo que llamamos sueños son verdaderas y positivas realidades. Nuestro espíritu se sale de nuestro cuerpo durante la noche, y anda y ve personas y lugares, en algunos o muchos de los cuales no ha estado jamás nuestro cuerpo; pero, al despertar, nuestra memoria retiene muy poca parte de lo que hemos visto, y aun esta parte pequeña la recordamos confusamente. La causa de esto es que nuestra memoria del cuerpo retiene tan sólo un poco de lo mucho que la memoria de nuestro espíritu puede encerrar o contener. Tenemos, pues, dos memorias: una educada y adaptada a la vida del cuerpo, y dispuesta la otra para la vida del espíritu. Si se nos hubiese enseñado la vida y el poder del espíritu desde nuestra primera infancia, reconociéndolo como una realidad, la memoria de nuestro espíritu hubiera sido educada de modo que recordase todos los accidentes de su propia existencia, anterior al despertar de nuestro cuerpo. Pero, como se nos ha enseñado siempre a mirar el plano espiritual como un mito, hemos considerado también un mito su memoria. Si a un hombre se le hubiese enseñado desde la infancia a no creer en la realidad de alguno de sus sentidos, ese sentido hubiese acabado por adormecerse en él y casi desnutrirse. Si durante un número de años determinado impidiésemos a un niño tener con los demás ninguna clase de relaciones y al mismo tiempo hiciésemos de modo que no viese tal como es en realidad el cielo, o la casa, o los campos, o cualquier otra cosa con la cual está el hombre en continuo contacto, y no permitiésemos que nadie lo sacase de su error, es seguro que el sentido de la visión y el del juicio estarían en este niño tan seriamente afectados que llegaría a negar lo evidente. De un modo semejante se nos ha enseñado a negar y desconocer los sentidos y las potencias propias de nuestro espíritu, o, por mejor decir, nuestro real y más positivo poder, del cual los sentidos corporales no son más que una débil imagen o representación, y así hemos llegado a negar persistentemente todo esto. En definitiva, no se nos ha enseñado sino que no somos más que un simple cuerpo, lo cual viene a ser lo mismo que decir que el carpintero no es más que el martillo que emplea para su trabajo, pues el cuerpo en realidad no es otra cosa que el instrumento del espíritu.


Si durante eso que llamamos sueño vemos un día a alguien que murió hace años, vemos en realidad a una persona cuyo cuerpo, enteramente agotado, no podía ser usado por ella en la actual situación de la vida.


💗












EL ARTE DE OLVIDAR Capítulo III de PRENTICE MULFORD









La química del porvenir reconocerá que es el espíritu una verdadera substancia, como hoy son tenidos por substancias los ácidos, los óxidos y todos los demás principios químicos.


No existe vacío alguno entre lo que llamamos el mundo material y el mundo espiritual. Ambos están constituidos por substancias o elementos en grado distinto de sutileza, fundiéndose imperceptiblemente el uno en el otro. En realidad, la materia no es más que una forma visible para nosotros de los sutiles elementos a que damos el nombre de espirituales.


Nuestro invisible e impalpable espíritu hace fluir continuamente de nosotros un elemento de fuerza tan real como la corriente eléctrica que nuestros ojos no ven. Estas corrientes espirituales se combinan con otras corrientes espirituales, y de tales combinaciones salen nuevas cualidades de espíritu, así como de combinaciones de varios principios químicos se forman principios o elementos nuevos o con propiedades nuevas.


Si arrojamos fuera elementos espirituales de odio, de pena o de dolor, habremos puesto en acción fuerzas dañosas para nuestra inteligencia y para nuestro cuerpo. El poder de olvidar no es otra cosa que el poder de arrojar muy lejos de nosotros los elementos espirituales desagradables y perniciosos, poniendo en lugar suyo los que hayan de servirnos para vivir sin dolor.


Hemos de saber que el carácter de nuestro espíritu influirá siempre, favorable o desfavorablemente, sobre nuestros afectos y sobre nuestros negocios, ejerciendo determinada influencia sobre los demás, como que es un elemento que producirá sentimientos agradables o desagradables en los otros, despertando en ellos gran recelo o plena confianza.


El estado de inteligencia que prevalece en nosotros, o sea el carácter de nuestro espíritu, es el que conforma nuestro cuerpo y acaba por darle sus rasgos distintivos, haciéndonos odiosos o amables, repulsivos o atrayentes para los demás. Nuestro espíritu es el que forma nuestro modo de andar, nuestro modo de movernos y nos da los ademanes y gestos que nos son propios. El más insignificante movimiento del menor de nuestros músculos obedece a un movimiento de la inteligencia, a un deseo del espíritu. Una inteligencia determinada, determina siempre un especial modo de andar. Una inteligencia siempre débil, vacilante e insegura, determinará en el individuo una marcha igualmente insegura y vacilante. El espíritu es el que une en un solo conjunto todos los músculos del cuerpo y es también el elemento espiritual que encierra cada uno de ellos.


Contemplad a un individuo, hombre o mujer, de esos siempre descontentos, sombríos o melancólicos, o solamente de los que decimos que tienen mal genio, y veréis en su rostro las huellas de la acción de esta fuerza oculta de su espíritu, modelando y constituyendo la expresión singular con que los conocemos. Son muchas las personas que no gozan nunca de buena salud, porque esta fuerza acciona en ellas lo mismo que un veneno y da origen a varias formas de enfermedad. Un pensamiento muy persistente dirigido a un determinado propósito u objetivo, especialmente si este propósito ha de ser en beneficio de los demás tanto como en el propio, dará a todos nuestros nervios una fuerza extra-ordinaria, y no es en realidad más que un sabio egoísmo esta acción que ha de beneficiar a los demás tanto como a nosotros mismos. Desde el punto de vista espiritual, y en este mundo, todos nosotros constituimos una sola unidad y no somos más que fuerzas que accionan las unas sobre las otras, para el bien o para el mal, llenando esto que nuestra ignorancia llama el vacío del espacio. Estas fuerzas son como nervios que se extienden de hombre a hombre, de existencia a existencia. En este sentido, pues, todas las formas de vida están unidas y fuertemente relacionadas, de manera que bien podemos decir que todos nosotros no somos sino los miembros de un cuerpo único. Un mal pensamiento o una acción mala es como una pulsación de dolor que conmueve hasta el fin de la humanidad a millares de seres organizados. Un pensamiento bueno o una acción benévola causa, pero en sentido agradable, los mismo efectos. Es, pues, ley de la naturaleza, que la ciencia ha demostrado, que no podemos hacer a nuestro prójimo un bien real ni causarle dolor alguno sin que nosotros no participemos también de ese mismo dolor o beneficio.


La pesadumbre que causa una pérdida, sea ella de seres queridos o de bienes materiales, debilita mucho la inteligencia y el cuerpo, y nuestro dolor tampoco sirve de nada al amigo o pariente por quien lloramos, sino que más bien lo perjudicamos, pues nuestros pensamientos tristes llegan hasta las personas que han pasado ya a otras condiciones de existencia, y son fuente de dolor para ellas.


Una hora de irritación o de mal humor, haya sido expresado o no en palabras, gasta una parte de nuestras fuerzas, sin beneficio para nosotros ni para los demás, creándose tal vez, por el contrario, grandes enemigos. Directa o indirectamente, es indudable que perjudica siempre nuestros negocios. Las duras miradas y las palabras agrias alejan de nosotros a la gente de buenas costumbres. La irritación o el odio contra los demás son también elementos que contribuyen a la formación de nuestra inteligencia. Todas las fuerzas de nuestro espíritu pueden ser empleadas para nuestro gusto y en provecho propio, del mismo modo que en el plano actual de nuestra existencia podemos contribuir, en una reunión de personas de buena voluntad, con las fuerzas de nuestro cuerpo, a procurarnos alegres distracciones y comodidades.


De manera que hacernos capaces de arrojar fuera de nosotros mismos –olvidar- un pensamiento o una fuerza que ha de perjudicarnos, es un medio importantísimo para ganar fuerza corporal y claridad de inteligencia, y esta fuerza corporal y esta claridad de inteligencia son prendas seguras de éxito en toda clase de empresas. Es un medio también para fortalecer nuestro espíritu, y no hemos de olvidar que las fuerzas de nuestro espíritu accionan sobre otros seres, aunque se hallen a millares de leguas de distancia, con ventaja o con desventaja para nosotros, por lo cual podemos afirmar que disponemos ya de una fuerza nueva, diferente y aparte de las que son propias del cuerpo, fuerza que está siempre en acción, obrando sobre nosotros mismos y sobre los demás, y aun afirmamos que es la fuerza que está más en acción en todo momento. Pero hoy usamos de ella sin saberlo, inconscientemente, por lo tanto a ciegas, hundiéndonos así en el lodazal del infortunio y del error. Empleada sabiamente y con plena conciencia, esta fuerza nos proporcionaría todos los bienes imaginables.


Esta fuerza es nuestro propio pensamiento, y toda idea que surja de él es de capital importancia para la salud y el buen éxito de las empresas. Una fortuna ganada a costa de la salud no puede considerarse un verdadero triunfo.


Toda inteligencia se educa a sí misma, en general, de un modo inconsciente, según el peculiar carácter o las cualidades propias del espíritu, y una vez ya hecha esta educación, es imposible cambiarla inmediatamente. También podemos, de un modo inconsciente, haber educado nuestra inteligencia en estado de peligrosa turbación, para nuestro espíritu. Y así nunca hemos de dedicarnos a esta obra en estado de inquietud, temiendo una fuerte pérdida o con el recelo de que esto o aquello no suceda como deseamos, todo lo cual son fuerzas destructoras que malgastan nuestras energías, nos disponen mal para los negocios y nos causan pérdidas materiales y aun pérdidas de amigos.


Pidamos persistentemente, y con firme voluntad, aquella condición de carácter que notemos en nosotros decaída o muy débil, y la sentiremos pronto aumentada y fortalecida. Pidamos, por ejemplo, una mayor paciencia, mayor decisión o más claridad de juicio, más valor o más confianza en nosotros mismos, y veremos acrecer estas cualidades. Todas estas cualidades están constituidas por elementos reales, aunque forman parte de lo más sutil, de lo que no puede ser descubierto y reconocido por la química de la naturaleza.


El hombre que está descorazonado, desesperado, o bien triste y quejoso, es que inconscientemente ha atraído hacia sí los elementos de estas condiciones de vida, apropiándoselas, debido a que su inconsciente mental está muy mal educado. La inteligencia es de naturaleza magnética, y por esto atrae hacia sí toda fuerza espiritual en que se fija y la hace penetrar en sí misma. Despertemos la idea del miedo, y el miedo aumentará en nosotros en grado sumo. Dejemos de resistir a la tendencia del miedo, no hagamos esfuerzo alguno para arrojar el miedo, y es lo mismo que abrirle la puerta para que penetre en nosotros, esto es, hemos pedido el miedo. Fijemos nuestra inteligencia en la idea de valor, y entonces nos veremos imaginativamente valerosos, y más valerosos seremos, en realidad, cuanto más tenaz-mente fijemos esta idea en nuestra inteligencia. Esta vez hemos pedido el valor, y el valor ha venido a nosotros.


No tiene límite el mundo invisible para proporcionarnos toda clase de cualidades espirituales. Con las palabras “Pedid, y recibiréis”, Jesucristo quiso decir que toda inteligencia que necesite de alguna cualidad, la pida continuamente y llegará a adquirirla. Pidamos, pues, con discernimiento y obtendremos siempre lo mejor.


Cada segundo que empleamos en una sabia petición, nos dará un incremento de poder, que nunca es poder perdido para nosotros. Con este esfuerzo ganamos constantemente energías que podemos ir acumulando, pues no las hemos de gastar en mucho tiempo. Lo que necesitamos en todas las empresas no es sino un mayor poder, para alcanzar buenos resultados y llevar adelante nuestra fortuna; poder para realizar en torno de nosotros todo aquello que nos ha de favorecer y ha de favorecer a nuestros amigos, pues no podremos dar de comer a los demás si nosotros mismos no tenemos con que alimentarnos. Este poder no es la misma cosa que reunir en la memoria las opiniones de otras muchas personas o una serie de hechos sacados de los libros, los cuales frecuentemente demuestra el tiempo que son puras ficciones. Todo hecho verdadero, en algún grado o plano de existencia, ha llegado a cumplirse por el poder del espíritu o por las invisibles fuerzas originadas en la inteligencia, obrando sobre otras inteligencias, ya próximas, ya lejanas, pero de un modo tan real como es real la fuerza de nuestro brazo al levantar una piedra.


Un hombre puede ser ignorante, y, sin embargo, arrojar fuera de su inteligencia determinadas fuerzas que ejerzan influencia sobre los demás, así estén cerca o lejos, en forma que ha de resultar beneficiosa para su fortuna; mientras que el hombre estudioso trabajará con toda energía para obtener tan sólo una miserable pitanza, y es que en la ignorancia tiene el hombre un gran poder espiritual. La inteligencia no ha de ser como un saco donde se meten hechos y más hechos: la inteligencia no es otra cosa que un poder de acción para alcanzar aquellos resultados que se deseen. Escribir libros no es sino una pequeña parte de la acción que puede ejercer la inteligencia. Los más grandes pensadores primero trazaron el plan de su acción y después actuaron. Así lo han hecho Colón, Napoleón, Fulton, Morse, Edison y otros muchos que lograron remover y conmover el mundo; obrando de este mismo modo lograremos iguales resultados.


Todo plan, propósito o deseo que se relacione con un negocio o con un invento es una positiva producción de invisibles elementos espirituales, y recordemos que el espíritu es como un imán. Empezamos por producir una fuerza que va dirigida a la consecución de nuestro deseo, y si persistimos con energía en el propósito hecho, iremos acumulando fuerzas sobre otras fuerzas, las cuales de éste modo se irán fortaleciendo también cada vez más, obteniendo al fin resultados cada vez más favorables.


Cuando abandonamos un propósito, antes de haberlo conseguido, lo que hacemos es detener la aproximación de las fuerzas que venían ya hacía nosotros y detener igualmente las que habíamos ya logrado atraer y reunir. El éxito, en todo negocio, depende de la perfecta aplicación de esta ley. La persistencia en un propósito es el mejor modo de atraernos fuerzas o elementos favorables, de modo que sea cada vez más fácil su realización en el mundo exterior.


Cuando nuestro cuerpo se halla en el estado que llamamos sueño, estas fuerzas, o sea nuestro espíritu, están en plena actividad, ejerciendo su influencia sobre otras inteligencias. Si nuestro último pensamiento antes de dormirnos ha sido de ansiedad, de recelo o de odio contra alguno, su acción tendrá para nosotros tan sólo pésimos resultados. Pero si nos sentimos alegres, confiados y nos dormimos en paz con todos los hombres, entonces nuestro espíritu será el más fuerte y su acción tendrá para nosotros los mejores resultados. Si el sol se pone sobre nuestra ira, o nuestra rabia, nuestro encolerizado espíritu, mientras durmamos, accionará sobre los demás en ese estado, y su acción solamente nos traerá perjuicio.


Tenemos, pues, una gran necesidad de cultivar el poder de olvidar lo que puede causar daño en nuestra vida espiritual, mientras el cuerpo descansa, para cambiar aquellos elementos perjudiciales en otros que sean atrayentes de lo bueno.


Hoy día son inmensa mayoría los que no piensan nunca en averiguar y comprobar el verdadero carácter de su espíritu. Dejan que su fuerza mental o inteligencia se guíe por sí misma, y cuando se les ocurre una idea que los perturba hondamente, no saben decir: “No quiero pensar en ello”. De este modo atraen inconscientemente hacia sí elementos o influencias que los perjudican, y sus cuerpos enferman a causa de la clase de ideas y de pensamientos que consienten que tenga su mente.


No bien hayamos descubierto el daño que nos causa la persistencia de alguna idea perturbadora, empecemos a poner en acción el poder de arrojar fuera de nosotros esta idea, y cuanto más nos ejercitemos en resistir a estos perjudiciales pensamientos, iremos constantemente ganando más y más poder para la resistencia del mal. “Resiste al diablo –dijo Cristo-, y el diablo saldrá de tu cuerpo”. No diremos que sea lo mismo que un diablo el hecho de hacer mal uso de las fuerzas mentales; pero no hay duda que tiene aún mayor poder para afligirnos y torturarnos. Un estado de inteligencia triste o melancólico es para nosotros un verdadero demonio. Puede ser causa de enfermedad y puede hacernos perder a nuestros mejores amigos y aun originarnos importantes pérdidas materiales, debiendo tener presente que el dinero contribuye no poco a la satisfacción de nuestras necesidades y a nuestro mayor bienestar, pues sin dinero tampoco podríamos mejorar. El pecado que indudablemente se encierra en la pasión del oro no estriba precisamente en sí misma, sino en amar más el oro que las cosas necesarias que el oro nos proporciona.


Para obtener el mayor éxito en un negocio cualquiera, para hacer los mayores adelantos en un arte o para lograr todo el resultado apetecible en un estudio determinado, es de absoluta necesidad que durante el día, en repetidas ocasiones, nos olvidemos de todo y concentremos todas nuestras fuerzas en aquel negocio, en aquel arte o en aquel estudio; y aun será bueno, antes de entregarnos a ellos, dejar en el más completo reposo nuestra inteligencia, para reunir nuevas fuerzas con que emprender con mayor impulso el objeto propuesto.


Estar girando continuamente en torno de un mismo plan, estudio o especulación, el cual llegaremos o no a realizar, es lo mismo que malgastar las fuerzas de nuestro cerebro en hacer girar la rueda de un molino, con lo cual nos estamos diciendo siempre la misma cosa una y otra vez, desgastando nuestras fuerzas en la repetida construcción de una sola idea, labor completamente perdida, pues con la primera vez bastaba, ya que todas las demás no son sino duplicados de ella.


Si nos sentimos siempre inclinados a pensar o hablar de un asunto o cuestión determinada y no procuramos olvidarla cuando es menester, poniéndola siempre sobre el tapete en toda ocasión y en todo lugar; si mentalmente o conversando no nos esforzamos en tomar el tono general de lo que se habla en torno, o no mostramos nunca interés por lo que interesa a los demás; si hablamos siempre tan sólo de lo que nos importa a nosotros, callando cuando se hable de otros asuntos, caemos en el peligro de convertirnos en simples y en verdaderos maniáticos, destruyendo de este modo nuestra propia reputación y nuestra fuerza.


El que así obra, acaba por hacer predominar en él una sola y única idea sobre todas las demás, tal vez sin quererlo, pues no ha aprendido a olvidar en determinadas ocasiones su propósito, pretendiendo, además, que los otros se adapten a sus propias miras. Por esta sola razón, ha perdido el poder de olvidar, y no puede ya arrojar fuera de su cerebro la única absorbente idea que ha venido albergando, y así cada vez lleva todavía más hacia dentro esa única idea, rodeándose, a fuerza de pensar y de hablar siempre de lo mismo, de una atmósfera o elemento espiritual tan verdadero y positivo como son los elementos que podemos ver y tocar.


Otros sienten en torno de ellos la idea o el pensamiento de otra persona, y lo sienten desagradablemente tal vez, y es que hay quienes son capaces de sentir el paso o el contacto del pensamiento ajeno con un sentido que es innominado todavía. En este sentido, sin embargo, que no siempre nos explicamos ni ejercitamos conscientemente, está el secreto de las favorables o desfavorables impresiones que nos causan a primera vista determinadas personas. De nuestro espíritu fluye constantemente una especie de viva corriente, lanzando al espacio elementos espirituales que afectan a otros, desfavorablemente o favorablemente para nosotros, según que sus respectivas cualidades concuerden mejor o peor y según también la agudeza de sensibilidad que tiene el espíritu con el cual choca el nuestro; y téngase en cuenta que podemos ser afectados por el pensamiento de otra persona, esté muy cerca o muy lejos de nosotros. Así, podemos decir que estamos hablando con los demás mientras está quieta nuestra lengua, y que fabricamos elementos de odio o de destrucción cuando nos hemos retirado a la quietud de nuestro dormitorio.


Un maniático se convierte muchas veces en un mártir, o él, cuando menos, lo piensa así. No hay causa que exija indispensablemente el martirio, a menos que sea por ignorancia, pues nunca fue, en efecto, de una absoluta necesidad. El martirio implica siempre carencia de raciocinio o de tacto para la proclamación de un principio cualquiera, nuevo en el mundo. Analizad al martirizado, y siempre hallaréis en el mártir una fuerza o una idea que lo obligó a obrar en una forma antagónica y ofensiva para alguien. Un hombre de mucha inteligencia, a fuerza de pensar siempre en una misma idea, acaba por obsesionarse con ella. El antagonismo que se ha ido formando entre su pensar y el pensar de los demás ha existido primeramente en su propia inteligencia. “Yo no vengo con la paz – dijo Cristo- , sino con la espada.” Mas ahora han llegado ya en la historia de este mundo los tiempos en que la espada será envainada para siempre. Hay personas de mucha bondad que hacen ahora uso inconscientemente de la espada, cuando de ser más avisadas emplearían mejor sus fuerzas. Espiritualmente, podemos usar y aun abusar de la espada de la represión o corrección, y de la espada de la aversión o del aborrecimiento, contra aquellos que no escuchan o no entienden lo que decimos, y también la espada del desmerecimiento o prejuicio contra aquellos que no se avienen a adaptar nuestros peculiares hábitos o costumbres. Toda discordancia espiritual que descubrimos en nosotros contra los demás, es una verdadera espada, pero espada de dos filos, pues al herir a los otros nos hiere a nosotros mismos. Tal es el elemento espiritual que arrojamos fuera, tal es el que en cambio recibimos. La venida del imperio de la paz no puede ser sino por la reconciliación de todas las diferencias espirituales, haciendo amigos de los enemigos, tornando en los hombres más eficaz el bien que hay en ellos que el mal, destruyendo su inclinación a la chismografía y al mal hablar, e introduciendo en su espíritu ideas o cuestiones mucho más agradables y más provechosas, haciéndoles así gustar de una vida que tiene leyes, generalmente desconocidas, que dan salud, felicidad y fortuna sin injusticia y sin daño a los demás. El bueno es el mejor abogado o defensor de sí mismo, pues hallará siempre en su camino la sonrisa de la verdadera amistad, así como el malo o el pecador no hallará nunca sino daño y enfermedad. El hombre o la mujer más repulsivos, la criatura más llena de engaño, traición o falsedades, necesita de nuestra piedad y de nuestra ayuda para todo, pues los tales, dando origen continuamente a malos pensamientos, son también el origen de su propia pena y sus dolencias.


En nosotros mismos podemos ver que formamos un mal concepto de una persona de la cual hemos recibido un ligero desaire o nos ha causado un daño o una injusticia, y sucede que tal concepto perdura en nosotros hora tras hora y aun quizá día tras día. Hasta puede ser que nos llegue a fatigar esa idea; pero no sabemos, sin embargo, arrojarla fuera de nuestra mente, pues no tenemos en realidad defensa contra el asedio persistente de una de esas fantasiosas y perturbadoras ideas que acaban por hacer presa en el espíritu, y lo que hace buena presa en el espíritu hace también presa en él cuerpo.


Esta es la causa de que salga de nosotros contra una persona determinada un pensamiento hostil o de oposición, que no siempre parece visiblemente justificado, y es que formamos de los demás el concepto que los demás formaron de nosotros, lo cual viene a determinar un verdadero oleaje de hostiles y contrarias ideas, lanzando y recibiendo todos mutuamente esta clase de invisibles elementos y sosteniendo esta guerra silenciosa entre fuerzas invisibles, guerra en la cual siempre acaban por salir perjudicados ambos combatientes. Esta lucha de opuestos deseos y de fuerzas opuestas existe constantemente en torno de nosotros, lleno está de ella el espacio.


Esforcémonos, pues, en olvidar los pensamientos enemigos, no arrojando fuera de nosotros más que ideas amistosas y de bondad, con lo cual hacemos un acto de verdadera protección de nosotros mismos, de igual modo exactamente que podemos defendernos con las manos de un ataque corporal. La persistente idea de la amistad y de lo bueno deja de lado las ideas de maldad y las vuelve completamente inofensivas. La recomendación de Cristo de que hagamos bien a nuestros enemigos está perfectamente fundada en una ley natural. Y es que Cristo sabía que la idea o el elemento del bien acrecienta mucho nuestro poder y previene y desvía todo daño que nos pudieran causar los malos pensamientos.


Pidamos el completo olvido de una persona o de una cosa cuando esta persona o cosa pueda despertar en nosotros el dolor o la indignación. Pedir es un estado de la inteligencia que pone en acción fuerzas que han de darnos siempre el resultado apetecido. La petición es la base científica de la plegaria, que no es lo mismo que suplicar. Pidamos constantemente nuestra parte de fuerzas, fuera de los elementos que ya nos rodean, y mediante ellas podremos dirigir a nuestra inteligencia por el camino de las mejores y más nobles aspiraciones.


No hay límite en las fuerzas que podemos adquirir continuamente para acrecentar cada día nuestro poder espiritual. Este poder es tal, que puede alejar de nosotros todo dolor procedente de alguna honda tristeza, o de falta de bienes, o de falta de amigos, o de alguna situación desagradable de la existencia. Este mismo poder nos da todo elemento intelectual, cuando se desarrolla favorablemente, para la adquisición de bienes materiales o de buenos amigos. La inteligencia fuerte arroja fuera toda molestia, toda fatiga y todo mal humor, olvidándolos e interesándose en alguna otra cosa de mayor provecho. La inteligencia débil cae fácilmente en el cansancio y en el disgusto, y acaba por ser esclava de ellos. Cuando tememos que nos sobrevenga algún infortunio, el cual no podemos en modo alguno evitar, nuestro cuerpo se debilita, nuestras energías se paralizan; pero podemos, pidiéndolo constante-mente y sin fatiga, lograr que nos venga del exterior un poder que arroje fuera de nosotros el medroso y perturbador estado de nuestra inteligencia, siendo este poder siempre el mejor camino para llegar al triunfo. Pidamos constantemente dicho poder, y él aumentará más y más en nosotros, hasta que no conoceremos ya el acobardamiento. Un hombre o una mujer de veras valientes y sin miedo pueden realizar maravillas.


El que tal o cual individuo deje de adquirir este acrecentamiento del poder espiritual no prueba que ese poder no pueda ser por otros adquirido. Cosas aún más maravillosas han sucedido en el mundo. Hace treinta años que aquel que hubiese afirmado que la voz humana podía ser oída en Nueva York desde Filadelfia, hubiera sido tenido por loco; y hoy las maravillas del teléfono se ha convertido en una de las cosas más vulgares. Hombres y mujeres: cultivemos todos y hagamos uso continuamente de este poder, y así podremos cumplir en este mundo maravillas tales como ni la más desenfrenada fantasía nunca se ha atrevido ni siquiera a sospechar.





💗












CÓMO VIVIMOS DURANTE EL SUEÑO Capítulo II de PRENTICEE MULFORD







Existen sentidos que son propios de nuestro cuerpo, como hay otros que son propios de nuestro espíritu. Nuestro espíritu es una organización muy distinta de la que constituye nuestro cuerpo. El espíritu tiene ojos y oídos, como posee también el tacto, el gusto y el olfato. Sus ojos pueden alcanzar a ver diez mil años más lejos que los ojos del cuerpo, y sus restantes sentidos son así mismo infinitamente superiores, de modo que en el plano corporal estamos haciendo uso de una serie de sentidos de orden muy inferior. El ojo corporal, comparado con el ojo del espíritu, no es más que un simple atisbo, una pobre promesa de lo que es la profunda mirada espiritual. Los sentidos todos del cuerpo, comparados con los del espíritu, son relativamente burdos, y están, por consiguiente, dispuestos para ser empleados en un plano de vida relativamente tosco. Nuestro cuerpo, con sus groseros sentidos, está formado para trabajar como quien dice en minas de carbón, aunque destinado a esferas más altas. Sin embargo, existe la posibilidad para el cuerpo de modificar su estado y con el propio espíritu trasladarse a más elevados y más sutiles órdenes de existencia, pues nuestro cuerpo posee en verdad ojos clarividentes y oído finísimo, pero no pueden alcanzar en nuestro medio todo su desarrollo, tal como algunos animales tienen cerrados estos sentidos en su primera infancia. En algunas personas, en cambio, estos sentidos se abren muy prestamente y aun antes que los demás sentidos de orden espiritual, lo cual constituye una sazón prematura.


El ojo clarividente es el ojo espiritual, y está como colocado en el pináculo de todo pensamiento. Dirigid vuestro pensamiento a Londres, y si tenéis desarrollado el ojo espiritual, con el pensamiento vuestro él llegará a Londres también. Y otro tanto sucede con el oído espiritual y con los demás sentidos del mismo orden, los cuales nunca constituyeron ni constituyen un don especial para algunas personas, pues son propios de todos nosotros y en todos nosotros se hallan en germen.


Nuestros sentidos espirituales han quedado en nosotros inutilizados, desde el nacimiento, por una continua falta de ejercicio, y de esta manera han llegado a perder sus naturales condiciones de acción. Cuando abandonamos nuestro cuerpo al sueño, caemos en un estado semejante al de una persona que por cualquier motivo queda ofuscada o aturdida. Vemos sin mirar y oímos sin escuchar. En ese estado nuestros ojos espirituales pueden ver, pero no guardarán memoria muy distinta y clara de lo que han visto. En un estado parecido podemos retener la imagen, más o menos confusa, de una multitud de rostros que vimos a nuestro lado, pero esto es todo. En condiciones del todo semejantes a ésas, puede el espíritu salir del cuerpo y vagar en torno de él o deslizarse muy lejos. Hace nuestro espíritu entonces lo mismo que un niño a quien no se permite salir fuera de la puerta de su casa, pues que en cuanto halla ocasión se escapa, dando gusto a su capricho o su fantasía. Así hemos dejado en el cuerpo nada más que los físicos o materiales sentidos de la vista, del oído y del tacto, convirtiéndolo en asiento de sentidos totalmente ineducados, y por los cuales, empero, nos hemos de guiar, pues siempre nos enseñaron a negar la realísima existencia de los verdaderos sentidos. Enseñar a un niño, así que empieza a despertar su conciencia, a no creer tal y cómo es lo que ve y lo que oye, resultaría siempre en menoscabo de la perfección de sus sentidos. Pero educándose el niño por sí mismo y gradualmente, aprende a hacer uso de sus sentidos corporales del modo más perfecto y apropiado. El niño no tiene idea exacta de la distancia. Quiere alcanzar cosas que están muy lejos de él, imaginándose que las tiene al alcance de su mano. Se arrojaría a los precipicios si se lo dejase abandonado a su propio impulso, y a costa de muy duras experiencias aprende que no se puede tocar el carbón encendido o el hierro candente. Necesita muchos años para la educación de sus sentidos corporales, hasta poder usarlos adecuadamente.


Nuestro espíritu tiene sus sentidos propios, los cuales carecen de exteriorización normal en este plano de existencia; pero año tras año, perennemente, los dejamos sin ningún ejercicio ni educación. En lo que llamamos sueños, no vemos nunca con los ojos ni oímos con los oídos corporales, sino que vemos y oímos con nuestros sentidos espirituales.


Al dormirnos queda el cuerpo casi literalmente muerto, mientras que el espíritu permanece vivo, hallándose entonces en condiciones casi iguales a las del niño cuando no tiene todavía bien educados los sentidos físicos. ¡Qué idea de nuestros sentidos espirituales hemos de tener entonces, si los hemos de comparar con los del cuerpo, por haberlos dejado siempre abandonados! Entonces es cuando somos nosotros mismos, pero quedamos bajo la impresión de que no hemos abandonado todavía la envoltura que nos cubre durante el día, o sea el cuerpo, y juzgamos todo lo que vemos con arreglo a una serie de sentidos muy inferiores, los físicos, pues de los espirituales no aprendimos a hacer uso jamás.


Durante la noche, con el abandono del cuerpo, nos transformamos o pasamos a ser un verdadero espíritu viviente; empero quedamos como sin acción propia, a causa de que hemos de hacer uso de los sentidos espirituales en la misma forma que durante el día usamos los sentidos físicos o corporales. De ahí que usemos muletas, teniendo en realidad dos buenas y muy sanas piernas, a las cuales les falta sólo un poco de práctica para que podamos andar bien con ellas. Muchas personas que están completamente separadas de su cuerpo se hallan en esas mismas condiciones, y es cuando principalmente pueden mezclarse con nuestros espíritus al quedar éstos separados de nuestro cuerpo, pudiendo ser atraídos con facilidad hacia ellos a causa de que nuestro espíritu, después de haber permanecido tan largo tiempo ineducado, ha adquirido ya la costumbre de andar a ciegas. Nuestro espíritu ha llegado a caer en estos hábitos tan perjudiciales a su acción del mismo modo que nuestro cuerpo adquiere también ciertas viciosas y rutinarias costumbres, que luego muy difícilmente logramos abandonar. Vemos todos los días hombres que, sin propósitos y sin aspiraciones de ninguna clase, confían y esperan, sin embargo, en que algo les ha de divertir o entretener. Un hombre que vive sin propósito y sin aspiración alguna en esta vida, pronto verá su inteligencia degenerar y hacerse muy inferior. Nuestro YO espiritual está en estas mismas condiciones, por causas totalmente iguales. Con frecuencia se halla fuera del cuerpo rodeado por otros espíritus también sin propósito y sin aspiración determinados, y no sabe nunca lo que con ellos hace o puede llegar a hacer.


La más viva fantasía no podrá nunca llegar a describir lo que cada uno de nosotros hace o ejecuta durante la noche, solo o junto con otros espíritus. Estos miles y miles de ciegos que han abandonado temporalmente el cuerpo, se extravían, andan y corren a tientas por todas partes, por sus casas, por las calles de las ciudades y por los campos, unas veces cerca, otras veces muy lejos; pero no están nunca dormidos, sino despiertos, aunque andan y discurren como hallándose en un sueño, que no es un sueño en realidad. Algunas veces sucede que abre el espíritu sus ojos, y entonces ve a gente conocida o extraña, escenas que le son muy familiares o que no ha observado jamás. Pero en casi ninguna ocasión nos dejan estos descubrimientos una verdadera satisfacción, pues hemos sido inconscientemente educados en la incredulidad de lo que vemos hallándonos en ese estado. Por esto nunca aceptamos como realidad nada de eso, y lo que la inteligencia de un modo tan persistente rehúsa aceptar como cosa real, nunca la memoria lo retendrá considerándolo verdadero.


Sucede a algunas personas que, al morir, cree su espíritu que se halla todavía en posesión del cuerpo físico, y puede permanecer en esta situación durante muchos años, viviendo con nosotros y figurándose hasta que duerme y come con nosotros, siempre en ese grado de existencia que, aunque les hace invisibles a nuestros ojos, están, sin embargo, cerca. Por esto puede afirmarse que, en esta situación, el espíritu tiene sentidos que corresponden exactamente con los nuestros y puede usar de ellos asimismo como usamos de los que nos son propios, y es que no hay en la naturaleza transiciones violentas de ninguna clase. Los seres, al abandonar el cuerpo físico, no siempre entran enseguida en una gloriosa condición de existencia, a menos que su inteligencia estuviese ya muy despierta en su vida terrena, caso en el cual podrían apreciar cada cosa correspondiendo estrictamente con su cotidiana experiencia. En el mundo invisible, nuestros amigos pueden también recibirnos al llegar como recibimos a los huéspedes en nuestra propia casa; pero sólo somos huéspedes, pues no podemos permanecer en estos círculos a menos que espiritualmente formemos ya parte de ellos. Y si un espíritu es de un orden inferior, estará obligado, después de algún tiempo, a volver al orden o plano espiritual a que pertenecía en el momento de abandonar su cuerpo físico. No podemos comenzar a construir el propio edificio por arriba, y nuestra morada en el espacio la hemos de construir nosotros mismos, con el propio esfuerzo. Esto podemos hacerlo más concienzudamente y con mayores ventajas aquí en la tierra, mientras disponemos del cuerpo físico, que más adelante, cuando ya el cuerpo nos ha abandonado, ya que es ley de la naturaleza que esto lo hayamos de hacer nosotros mismos, aunque sólo puede cumplirse en el transcurso de muchas individualidades, pues son necesarias mucha ciencia y mucho poder desarrollado en algunas de las más elevadas esferas de la existencia. Todos estos órdenes espirituales están fuera de nuestro poder de comprensión; pero de este mismo modo podemos decir que ha sido y es aquí hecha la construcción de nuestros templos, o sea nuestro propio espíritu, y éste nada mejor puede desear de nosotros sino que levantemos su templo, como hacemos en la tierra, y con el mismo felicísimo resultado. Esto es tan sencillo, al cabo, como la edificación de la propia felicidad individual, aunque en más grandes y más amplias proporciones.


Nuestro primer error, al considerar el fenómeno físico que llamamos sueño, consiste en creer que el espíritu no se aleja del cuerpo; por lo cual, lo primero que hemos de hacer es procurar huir de esta crasa equivocación. Hemos de fijar bien esta idea en la mente antes de dormirnos, de manera que si despertamos en lo que solemos calificar de sueño, sepamos ya que no hemos de usar entonces para nada el cuerpo físico. Antes de dormirnos hemos de fijar también, tan profundamente como podamos, la concepción que tengamos del propio espíritu, o mejor, la organización invisible que durante el día nuestro cuerpo emplea.


La última idea que hemos tenido al dormirnos es la misma que perdura vigorosamente en nuestro espíritu en el momento en que éste abandona el cuerpo; y si persiste en él, nos acompañará en esto que llamamos nuestros sueños, y será la guía mejor para el descubrimiento o reconocimiento definitivo de nuestro verdadero YO, todas las veces que saliera y se alejara el espíritu de nuestro cuerpo.


Tengamos, pues, siempre presente este reconocimiento de nosotros mismos como espíritu, fijando esta idea en nuestro cerebro, y no dudemos que será de gran ayuda a nuestros amigos invisibles de la otra vida para reconocernos y para despertar y mantener en nosotros el conocimiento del verdadero YO.


El más sabio y el más poderoso espíritu, que durante el día o mientras esté en posesión del cuerpo os podrá dar abundantísimas fuerzas intelectuales, puede muy bien ser hábil para hacer lo mismo cuando se ha separado del cuerpo, o sea por la noche, en las horas del sueño, en las condiciones de que antes hemos hablado. He aquí por qué muchas veces, en lugar de subir durante la noche a más altas regiones del espíritu, descendemos, aunque a ciegas y por la sola fuerza de un hábito de antiguo contraído a esferas mucho más profundas. De ahí también que mientras estamos en plena posesión del cuerpo podemos portarnos como bien educados y vivir durante el día en las más elevadas regiones intelectuales. Sucede todo lo contrario por la noche, a pesar de estar bien educados en la escuela de los sentidos físicos, pues el espíritu, al abandonar el cuerpo, no puede llevarse esa educación consigo. Y es que entonces vemos y oímos con los sentidos propios del espíritu, y creemos, sin embargo, estar en uso todavía de los sentidos corporales, lo que origina en nosotros una gran confusión, confusión que no hay palabras que puedan expresar, pues no existen en esta vida condiciones similares que nos permitan dar de ella ni siquiera una idea aproximada.


Necesitamos ofrecer a nuestros poderosos amigos del mundo invisible, al abandonar el cuerpo, siquiera una indicación que los guíe para que puedan ayudarnos al despertamiento espiritual, para que, una vez descubierto nuestro verdadero YO, podamos dirigirnos a la región o esfera que nos es propia. La idea bien firme de nuestro YO como espíritu, con una existencia distinta y aparte de la existencia del cuerpo, puede ser para nosotros una guía. Una idea es cosa tan real, que puede compararse con un alambre telegráfico, viniendo a ser como el hilo de comunicación tendido entre ellos y nosotros, pues no estaremos siempre unos y otros en el mismo grupo o en las mismas e inferiores capas de la existencia. Es claro que ellos pueden descender, si lo desean; pero prefieren atraernos hacia su mansión propia, como si dejáramos al país en que habitan, donde todo es tan hermoso y tan extraordinario, que no hay pluma que lo describa ni pincel que lo pinte, y donde ni en una muy pequeña parte siquiera podemos vivir actualmente. Si supiésemos mantener siempre firme este recuerdo durante el día, mientras el espíritu está en plena posesión del cuerpo, sería lo mismo que traer a la tierra la vida celestial, constituyendo ello como un impulso dado en la buena dirección para llegar al completo abandono de los placeres bajos y dedicarnos a la realización de una más elevada y pura existencia. Pero toda abnegación y todo sacrificio ha de tener un propósito: y aquí el romper totalmente con los placeres efímeros, que dejan siempre tras sí penas duraderas, ha de conducirnos a la obtención de un inmenso placer que nunca nos producirá dolor de ninguna clase.


Con cuánta mayor persistencia, en el momento de dormirnos, fijemos en el cerebro la idea de que no hemos de usar ya de nuestros sentidos corporales, al cabo de algún tiempo de permanecer en ese estado que llamamos sueño, tanto más fácilmente descubriremos esta clase de verdades, exclamando entonces con entero conocimiento: “Esto es tan real como lo es mi cuerpo y tanto como lo es mi vida durante el día, y lo único que sucede es que me hallo en un diferente estado de existencia”.


En las condiciones en que ahora se efectúa, la vida del espíritu que se realiza fuera del cuerpo durante la noche, más produce en él un vano desgaste de fuerzas que una verdadera vivificación y robustecimiento de las mismas. Inconscientemente podemos vernos arrastrados hacia personas o escenas que nos sean repulsivas, conducidos por corrientes espirituales bajas y groseras, y por ellas llevados, así como un niño ignorante que intenta vadear un río, y es arrastrado por la imperiosa corriente. No sabemos nada de la acción del espíritu en las movedizas corrientes espirituales, y deberíamos advertir que las más bajas y malas o de inferior naturaleza son muy poderosas en las capas más próximas a la tierra; nada sabemos tampoco de nuestro poder como espíritu ni de nuestros sentidos espirituales, por lo que al abandonar el cuerpo, durante la noche, nos hallamos tan desvalidos y sin fuerzas como un niño que acaba de nacer.


Si nos fuese posible seguir la recta dirección hacia las más altas y superiores regiones del espíritu, dejando atrás la corriente de los oscuros y groseros espíritus que nos rodean aquí por todas partes, nos veríamos llegar finalmente a un bello país, esplendorosamente iluminado y cubierto de flores, todo ello realzado por un admirable panorama, hallándonos en él reunidos con las personas que más hemos deseado ver y con las cuales estamos más íntimamente unidos en espíritu, descansando en medio de inmensos placeres, que no nos dejarían sin embargo privados de la contemplación de escenas y paisajes de indescriptible encanto. Allí tendríamos plena conciencia de la vida y gozaríamos al mismo tiempo de un dulce descanso, pensando en las cosas de la vida con todo sosiego; y al llegar la mañana podríamos reintegrar el espíritu al propio cuerpo, llevando consigo renovadas fuerzas. Una de estas noches esplendorosas valdría tanto como un buen descanso para el espíritu y sería un saludable estímulo para la vida del cuerpo, pues los sentidos espirituales se abren y se ensanchan en esa elevadísima región donde moran los espíritus adelantados. He aquí el modo de librarnos de lo que constituye ahora nuestra esclavitud nocturna, pues nuestro contacto con las más elevadas regiones del espíritu llegaría de este modo a hacerse permanente, consiguiendo al fin el poder de volver a ellas en busca de nuevas fuerzas cada vez que nos viésemos asediados por las bajas corrientes espirituales que aquí nos rodean.


Todo lugar donde se reúnan personas de baja mentalidad, puestos más o menos bajo la influencia de pasiones rastreras, cualquiera que sea su carácter distintivo, será siempre un foco de malas ideas, y estas ideas salen de allí formando como un verdadero riachuelo, aunque invisible, y fluyen y corren lo mismo que el agua que mana de una fuente. En las grandes ciudades, todos estos lugares insanos forman muchos miles de riachuelos de inmundos elementos espirituales, juntándose los unos con los otros, aunque nunca llegan a formar un vivo y rápido torrente, sino que más bien resultan una corriente mansa y engañosa, en la cual nos dejamos inexpertamente caer, permitiendo que dulcemente nos arrastre. Toda reunión de personas habladoras, chismosas o aficionadas al escándalo no es más, en definitiva, que una reunión de espíritus afines. Esto es lo que sucede en toda familia en la cual reinan el desorden, la malquerencia, el trato grosero o la petulancia. La alta sociedad y la que llamamos inferior en la escala social pueden de igual modo contribuir al aumento de esa inferior corriente espiritual. Los espíritus más puros no pueden vivir en esa inferior corriente espiritual sin ser por ella afectados de un modo asaz desfavorable, lo que les exige un gasto continuo de fuerzas para defenderse de ella, andando mezclados y enredados con los espíritus inferiores, que nos ciegan con su oscuridad y nos aplastan con su peso enorme. De este modo sin embargo, podemos obtener noticia de muchos insanos deseos, de que estamos libres, engendrados en lejanos países que se extienden más allá del pueblo en que vivimos. Lo indudable es que las montañas elevadas se hallan más libres de esos espíritus bajos, siendo éste un principio que está plenamente conforme con la ley de gravitación. Los bajos espíritus buscan siempre los sitios inferiores o más bajos, como todo lo que es pesado y grosero. La industria, el comercio y toda clase de manufacturas exigen, desgraciadamente, para su asiento lugares llanos y bajos, junto al mar o a orillas de un río. En la futura y más perfecta civilización, será su objetivo principal la constitución de hombres y mujeres cada vez más perfectos, así como el descubrimiento de reales y duraderos placeres. Las futuras ciudades serán construidas en sitios elevados o en las montañas, y de esta manera las bajas emanaciones, visibles e invisibles, no podrán llegar a ellas, quedándose como filtradas en lo más profundo de la tierra.


Ahora muchos de estos dañosos e invisibles elementos están junto a nosotros, nos rodean, y de ahí la necesidad en que nos vemos de formar grupos de personas que aspiren naturalmente a lo más puro, las cuales, reuniéndose con frecuencia, en la comunión de sus conversaciones y aun en la de su silencio, pueden dar origen a una corriente de más puros pensamientos e ideas.. Los que participan en esta común acción ven aumentar el poder que a cada cual le es dado, lo mismo el poder corporal durante el día que el poder espiritual durante la noche, no pudiendo ser ya tan fácilmente dañados y muchas veces vencidos por las destructoras corrientes que intentan prevalecer sobre los buenos, llegando a formar de este modo una cadena de comunicación con las más altas, las más puras y más poderosas regiones del espíritu. Cuantos más seamos los que formalmente deseemos formar parte de esta comunión, más fuerte será la cadena. No podemos fácilmente hacernos una idea de esos poderes de las tinieblas que por todas partes nos rodean, como tampoco del trabajo inmenso que nos cuesta resistir a una sola de esas bajas corrientes espirituales.


La corriente espiritual originada por un grupo de personas, aunque sea poco numeroso, que se hallen de perfecto acuerdo y animadas de benéficas y amorosas intenciones, es de un valor tal que no podemos formarnos una idea, pues ahí está la más poderosa de todas las fuerzas espirituales. Así es como atraemos al grupo que formamos la idea del bien, y con esta idea la fuerza de la potente y benéfica sabiduría espiritual, que viene a nosotros con el deseo formal de ayudarnos, iluminando nuestro entendimiento, fortaleciendo nuestro cuerpo, echando fuera toda enfermedad o insania, y creando nuevas ideas y nuevos planes para toda clase de negocios legítimos y honrados. No nos es posible en nuestra situación actual comprender cómo muchos de nosotros nos vemos alejados del éxito y arrojados a un inferior plano e vida, inconscientemente arrastrados y aun en parte cegados y confundidos por las bajas corrientes espirituales que nos rodean. Hemos de aceptar estas condiciones de vida como una necesidad, la cual no pueden comprender ni las inteligencias más finas y sutiles. Hemos de pensar que podemos ser absorbidos por la timidez de otros, como podemos también absorber su inercia y su falta de energía. Nuestros períodos de falta de confianza en nosotros mismos y de fatal indecisión pueden ser el resultado de la absorción de estos inferiores elementos. Nunca sabremos hasta dónde somos ciegos, ni sabremos nunca claramente cuando un hombre o una mujer cualquiera puede sernos perjudicial o nos puede hacer algún beneficio. Lograremos, empero, la producción de un más alto poder espiritual juntándonos en concierto de las más puras intenciones, como lo es la inquisición de la verdad, la cual beneficia a los demás tanto como a nosotros mismos, ilumina nuestra inteligencia, aumenta nuestra salud física y levanta dentro de nosotros mismos una gran fuerza en virtud de la cual podremos dar final cumplimiento a los buenos propósitos, en el orden material. Todo esto se funda en que "primero hemos de buscar el reino de Dios, y todas las demás cosas nos serán dadas por añadidura" en virtud de la fuerza creada en nosotros por la frecuente reunión fraternal con otros buenos espíritus, en la cual adquiriremos una especie de fuerza magnética capaz de atraer hacia nosotros todas aquellas cosas que sabemos de cierto que han de sernos beneficiosas.


El nuevo mundo descubierto por Colón es una cosa insignificante comparada con los que fabricamos nosotros más allá de la puerta de nuestra casa y en los cuales inconscientemente penetramos todas las noches, contemplando con los ojos corporales, a través de las paredes de las habitaciones, las calles y los campos con todo lo más notable que de ellas conocemos, y también las casas, los bosques y las montaña, pero todo ello como sosteniéndose en el aire, llenando imaginariamente el espacio con grandes edificios, con multitudes enormes y con toda clase de impalpables copias de cuanto vemos ordinariamente en torno.


Las visiones producidas por el uso del opio y de otras substancias análogas, podemos afirmar que son verdaderamente realidades, siendo debidas a que bajo su influencia el espíritu se desprende más completamente del cuerpo. El espíritu recibe así como una fuerza artificial con los elementos que va sacando de las substancias antes nombradas o de otras que tienen también la propiedad de producir en nosotros honda somnolencia. Ayudado por estos elementos, el espíritu puede accionar mucho mejor, y es estimulado más fuertemente a salir de sus habituales caminos mientras el cuerpo duerme, subiendo de este modo a más altas y más sublimes regiones, donde ve maravillosos espectáculos que nunca podrán realizarse en nuestra pobre tierra. Pero el espíritu se ve de esta suerte obligado a entrar en combinación con elementos que son para él excesivamente sutiles, pues está todavía ligado al cuerpo que ha dejado atrás, y como, por esta misma razón, no puede tampoco retenerlos, no tiene más remedio el espíritu que volver al cuerpo, sin que haya aumentado su fuerza. De ahí la reacción terrible y el estado miserable en que cae el fumador de opio, apenas han cesado los efectos producidos por esta terrible droga. De esta manera, sin embargo, podemos llegar a vivir en condiciones muy semejantes a las de que gozan los espíritus más elevados en su propia región, mucho antes de que hayamos espiritualmente crecido lo bastante, siendo los elementos absorbidos por aquel medio excesivamente sutiles para ser empleados en el plano de nuestra actual existencia. Empero, el uso continuado de dichas drogas puede llegar a hacer apto nuestro espíritu para la absorción de esta clase de elementos y llegar hasta a apropiárselos de tal modo que perdure su influencia al volver el espíritu a la tierra, con la que nuestra entera organización entonces mejorará no poco. Seríamos algo así como un habitante de los dos mundos a la vez, el físico que nos rodea aquí abajo, y el espiritual, en el grado o esfera a que estamos naturalmente destinados. De este modo será precisamente la existencia futura en este nuestro planeta. Ésta es la Nueva Jerusalén que nos será dada aquí abajo.


En el transcurso de este mundo nuestro, muchos hombres y mujeres han despertado en esta vida y han vivido en ella usando empero sus cuerpos, por los cuales han sido conocidos. Habla el apóstol Pablo de existencias que alcanzarán el tercer cielo y verán en él cosas verdaderamente inefables. Swedendorg estuvo estrechamente relacionado con ese mundo, como lo estuvieron otros muchos seres en las pasadas edades; pero fueron bastante discretos para guardar su conocimiento para ellos solos, pues nada de lo que pudiesen contar hubiera sido creído en su tiempo, y aun les hubiera podido acarrear consecuencias nada agradables.


Pero el tiempo de tales ocultaciones ha pasado ya. Muchas inteligencias van despertando y son hoy capaces de entender, cuanto menos, estas verdades, haciéndose cada vez más numerosos en la tierra los espíritus reencarnados que en otras existencias terrenales pudieron tener conocimiento siquiera parcial de estas grandes verdades, que quieren ahora hacer reconocer por los demás tan completamente como ellos las reconocieron.


Los tiempos en que el materialismo pudo aplastar toda espiritual verdad están ya muy lejos, y los tiempos en que toda verdad espiritual se demostrará por sí misma, venciendo todo materialismo, han comenzado realmente. Para ello nos es necesario formar muchos grupos o núcleos de personas que hagan vivir estas verdades. Por un pequeño agujero puede verse un inmenso panorama. El punto en que el buque tiene amarrado el cable para sacarlo del bajo en que encalló tiene muy pocas pulgadas, pero basta para hacer sobre el barco toda la fuerza que sea necesaria para salvarlo. Del mismo modo, las pocas personas que hoy gozan del conocimiento de que trata este capítulo, tienen, sin embargo, ellas solas poder bastante para la acción que hemos descrito minuciosamente.